N E U R O B I O L O G Í A

D E    L A

H O N E S T I D A D

 

 

 

 

 

    Estamos en la cola para entrar al parque de atracciones cuando vemos un cartel

que pone “niños hasta 12 años entrada reducida”. De repente nuestro hijo adolescente,

el cual acaba de cumplir catorce años y luce más bigote que Super Mario Bros, resulta

que tiene doce. Andamos un par de metros y nos encontramos de frente con otro cartel que

indica sin ambigüedades que no podemos introducir en el recinto comida o bebida alguna.

Sin embargo, nuestras mochilas contienen bocadillos, chips y refrescos suficientes como

para montar un puesto de ultramarinos improvisado. Nos hacemos los locos.

 

 

    Una vez dentro del recinto nos encontramos con un ex-compañero de trabajo.

Ante el “¡Hombre! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?” habitual, contestamos “¡Muy bien!

La verdad es que no me puedo quejar”. ¿En serio? La noche anterior apenas pegamos ojo

por la tensión y el dolor de espalda que nos genera la decisión de querer dejar el trabajo y,

para colmo, el perro está enfermo. Pero estamos “¡Muy bien!”. Media hora más tarde,

mientras nuestro “Super Mario” hace cola para subir al Tornado, nos suena el teléfono móvil.

Rápidamente la pantalla nos informa que ha llegado a la bandeja de entrada un nuevo

correo de trabajo dispuestos a amargarnos nuestro día libre con asunto “URGENTE”.

Decidimos ignorarlo: “¡Si hombre!… ¡estoy de vacaciones!”. Cuando al día siguiente

nuestro jefe nos llama por teléfono contestamos sorprendidos: “¿Correo? ¿Qué correo?

Yo no he recibido ningún correo”.

 

 

    ¿Te imaginas cómo sería la vida de una persona, una sociedad o un planeta

que miente cada 3 minutos? Este artículo recoge unas pocas pinceladas de la investigación

que he llevado a cabo en los últimos meses. ¿Influye vivir la vida de forma deshonesta

a nuestro organismo? ¿Qué efectos tiene a nivel neurológico y biológico un acto deshonesto?

¿Es posible cambiar nuestra forma de actuar desde un punto de vista neurobiológico? Comencemos.

 

 

Los   seres   humanos   mentimos

 

    Removiendo en el baúl de los estudios científicos encontramos un buen puñado

de ellos que tratan de establecer el papel de la mentira en la vida diaria de las personas.

Para hacernos una idea de por donde van los tiros seleccionaremos dos de ellos.

La investigadora de la Virginia University Bella DePaulo llevó a cabo un experimento

que concluyó con datos interesantes: en una semana cualquiera mentimos a un 35% de las

personas con las que entablamos una conversación.

En el caso del trabajo de Robert S. Feldman de la University of Massachusetts los datos

revelaron que solemos mentir una vez cada 3 minutos de media.

 

 

 

 

    Dejando a un lado los números, la honestidad es un bien escaso.

Los investigadores coinciden en que leemos menos de lo que presumimos, flirteamos

más de lo que admitimos, exageramos los comentarios que nos hieren, compramos las cosas

más caras de lo que reconocemos, fumamos más de lo que admitimos o hacemos menos

ejercicio del que proclamamos. La mentira forma parte de nuestras vidas hasta tal punto que

vemos el engaño como un mecanismo crucial para el adecuado funcionamiento de nuestra

sociedad, llegando a desarrollar algoritmos capaces de detectar mentiras analizando la sintaxis

de las oraciones. En poco tiempo, éstos algoritmos busca mentiras podrán utilizarse con la

misma naturalidad que el corrector ortográfico en el Word o en nuestro gestor de correo.

 

 

El   cerebro   honesto:

de   la   mentira   a   la   honestidad

 

    Las neuroimágenes nos permiten observar qué ocurre dentro del cerebro de una

persona cuando realiza una actividad concreta (por ejemplo cuando engaña o miente) sin

necesidad de rebanarle el cráneo. La resonancia magnética funcional es una forma de entrar,

echar un vistazo a la actividad cerebral (concretamente a los niveles de oxígeno en sangre que

consumen las neuronas) y salir de puntillas. ¡Aquí no ha pasado nada! Aunque sabemos que no

todas las personas emplean las mismas áreas cerebrales para llevar a cabo la misma acción, es

común generalizar.

 

    Pongámonos la bata blanca y adentrémonos en el Virginia Tech Carilion Research

Institute americano para descubrir qué área del cerebro es crucial en la honestidad.

En sus instalaciones, un grupo de científicos ha estudiado el cerebro de 7 pacientes con lesiones

en la corteza prefrontal con ayuda de un dispositivo de resonancia magnética funcional, y han

concluido que esta región juega un papel fundamental en la honestidad. Para situarnos, la

corteza prefrontal corresponde a la zona que cubrirías con la mano si la pones sobre la frente.

Bien, primer paso superado: parece que tenemos “localizada” a la honestidad.

 

 

 

    Ahora alquilemos un coche y conduzcamos hasta el estado de Pensilvania para visitar

su universidad. Tras preguntar en conserjería por el doctor Langleben, llegamos al departamento

de radiología y psiquiatría de la Universidad de Pensilvania. Entre los experimentos llevados a cabo

por el grupo de investigación, nos centraremos en un estudio realizado en el 2002 el cual reveló

algo increíble: antes de que la mentira se comunique a las demás personas se activa una alarma

en una zona de la corteza prefrontal conocida como corteza cingulada anterior.

 

    Aquí encontramos una paradoja. Todos pensamos que una mentira se forja cuando se expresa

a los demás y que nunca existirá si no la llegamos a comunicar a otras personas. Por contra a esta idea,

los trabajos realizados en los laboratorios apuntan a que para nuestro organismo las reglas son

diferentes: no importa si se comunica o no. El cerebro humano dispone de un “detector de

honestidad” situado en la corteza cingulada anterior que responde no a si mentimos o decimos la

verdad a las personas que nos rodean, sino al simple hecho de ser honesto o no.

 

 

Biología   y   fisiología   de   la   honestidad

 

    Hemos descubierto que pensar en algo deshonesto hace saltar nuestro detector de honestidad.

El siguiente paso sería determinar qué procesos biológicos y fisiológicos promueve nuestro

detector cuando saltan las alarmas. La honestidad se comporta como un catalizador que hace

al organismo adoptar una composición química característica a toda velocidad. Acerca de cómo se

lleva a cabo este proceso, de cómo un pensamiento deshonesto puede convertirse en un cambio

químico y deambular por nuestra sangre, ya hablamos con anterioridad en el artículo “Sentimos lo

que pensamos”.

 

    Para conocer a las estrellas del espectáculo no tenemos más que analizar una muestra de

saliva o sangre de una persona que está siendo deshonesta; los focos se prenden ante el cortisol

y la testosterona. Éstas hormonas se comportan como palomas mensajeras que promueven

diferentes procesos fisiológicos que podemos medir. El cortisol es conocido como “la hormona del

estrés”, y encontrar niveles elevados en sangre se asocia con un aumento de la presión en las

arterias, la aceleración del corazón, agitación de la respiración o dilatación de las pupilas.

La otra co-protagonista, la testosterona, es la “hormona masculina” por excelencia (aunque las

mujeres también la producen en menor cantidad), y su función es disminuir, entre otras cosas,

nuestra empatía con el mundo.

 

 

 

 

    Ahora bien, que nadie se ponga apocalíptico. Nuestro organismo viene de serie con las

herramientas necesarias para deshacer un acto deshonesto y restablecer el funcionamiento habitual

del cuerpo. Una vez pasado el episodio deshonesto todo vuelve a la normalidad a no ser que

encadenemos un acto deshonesto tras otro, ya que el cortisol y la testosterona se mantendrían

permanentemente en el terreno de juego. Niveles elevados de éstas hormonas de forma “crónica”

nos hacen firmes candidatos a padecer desajustes en la tiroides (una glándula con forma de

mariposa que tenemos en el cuello e influye en las reacciones químicas que se dan en

nuestro cuerpo), trastornos inflamatorios,diabetes o hipertensión arterial.

 

 

¿ Es   contagioso   el   engaño ?

 

    Una mentira que queda en nuestra mente, sea o no proyectada al exterior, nos afecta tal

y como descubrió doctor Langleben y sus colegas. Ahora bien, cuando la compartimos y la hacemos

real se intensifica en nuestro organismo y contagia a las personas que están a nuestro alrededor.

Del mismo modo que una persona que se encuentra a nuestro lado mientras nos encendemos un

cigarrillo es un fumador pasivo, un observador que presencia cómo robamos o engañamos es

una “víctima” pasiva de nuestra deshonestidad. Ten Brinde y su equipo de colaboradores

demostraron que el organismo del observador se comporta como si él mismo estuviese cometiendo

el acto deshonesto, viéndose afectados parámetros como la actividad eléctrica de la piel

y el funcionamiento del sistema cardiovascular entre otros. Este mecanismo puede ser explicado

mediante el funcionamiento de las neuronas espejos (motor de la empatía en los mamíferos) del

que hablaremos a su debido tiempo.

 

    Dando la vuelta a la tortilla descubrimos algo más que interesante: no sólo transmitimos a los

demás el acto deshonesto, sino también los actos de honestidad. Cuando presenciamos

acciones honestas nuestros niveles de cortisol y testosterona en sangre disminuyen, a la par que

se establece un vínculo con el autor.

 

 

 

 

David Del Rosario

 

 

 

Fuente: www.proyectolibremente.com

 

 

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