"De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda"

                                    Isabel López

                    Psicoterapia de Autor

 

Estilos   de   crianza

que   causan    sufrimiento

 

 

 

 

    Son muchos los psicólogos que han prestado especial atención a las relaciones que existen dentro de las familias para explicar la psicopatología que presenta alguno de sus miembros.

 

    En realidad, toda la psicología con sus diferentes corrientes se interesa por este hecho y lo toma en cuenta como factor desencadenante de muchos trastornos en los individuos.

 

    Familias aglutinadas, desligadas, estilos parentales democráticos versus autoritarios, alianzas generacionales, relaciones que fomentan el doble vínculo familiar, sobreprotección, abandono, negligencia, etc. Son muchos los fenómenos estudiados que relacionan algún tipo de enfermedad mental con algún condicionante familiar.

 

 

 

 

 

Por   qué   es    tan    difícil

abordar    este    tema

 

 

    Si algo tiene de difícil este tema es su correcto abordaje, explicación y tratamiento, más aún cuando en la sociedad se asumen ciertas ideas como verdades absolutas que, desgraciadamente, no siempre se cumplen.

 

    La sangre hace el parentesco, pero no implica mucho más allá. Se asumen como ciertas frases del tipo “como la familia no hay nada”, “la familia nunca quiere hacer daño” o “entre familia hay que perdonarlo todo”.

 

    Todo esto causa mucho dolor, culpabilidad y confusión en personas que sienten que sus familiares no han sabido responder a la incondicionalidad que la sociedad nos ha dicho que deberían de mantener, que han sufrido maltrato físico o psicológico, o que perciben que el sistema de crianza recibido ha frenado su evolución e independencia emocional.

 

 

 

 

 

 

    Existen familias que han llegado a hacer daño intencionadamente y otras que lo han hecho sin saberlo, dando el amor, el consejo y la educación que ellos creyeron conveniente, sin tener en cuenta que sus hijos no querían el futuro que habían diseñado para ellos.

 

    Con este artículo no vamos a pretender señalar lo mal que lo ha hecho nadie, pero sí vamos a tratar de demostrar determinados mitos para explicar realidades, y la realidad es que hay familias que curan y familias que enferman.

 

 

 

Roles    asignados    y

etiquetas    que    estigmatizan

 

    De la frase “Es un poco inquieto” a “Tiene un carácter difícil” existe un continuo imperceptible de pequeñas frases, que dichas y repetidas en el núcleo intrafamiliar pueden minar a quienes las escuchan.

 

    En el fondo, es una forma de dar identidad a cada uno de los hijos, de ahorrar explicaciones, o en muchos casos de cubrir las propias deficiencias parentales en la educación.

 

 

 

 

    Etiquetar a un niño es una forma de perpetuar su comportamiento, haciéndole creer, por lo que escucha de los demás, que su comportamiento es “incorregible” y algo inherente a su ser.

 

    Estas etiquetas se van perpetuando de padres a profesores y conocidos; penetrando en el ambiente directo de lo que rodea al niño.

 

    Las etiquetas a los hijos no solo quedan en el ámbito intrafamiliar, sino que se transmiten a profesores y conocidos del niño. Cuando éste quiere cambiar su comportamiento, se encuentra con un muro de desconfianza.

 

 

 

Amor    malentendido

 

 

    Muchas veces escuchamos la manida frase “como te quiere tu familia, no te va querer nadie”.

 

    Esta frase hiere los sentimientos de muchas personas que no lo han vivido así, dificultando que se detecten e incluso denuncien comportamientos de abuso. Tampoco podemos olvidar que este maltrato puede darse en las dos direcciones, de las generaciones anteriores a las posteriores, o de las posteriores a las anteriores.

 

    Que alguien “lleve tu sangre” no implica que no pueda hacerte daño con su comportamiento. El parentesco es algo biológico, genético y, sin embargo, el buen vínculo es afectivo, comunicativo y está sujeto a la variabilidad de los individuos que poco tiene que ver con lo hereditario.

 

    Los genes establecen un vínculo hereditario que no implica ir acompañado de un vínculo afectivo satisfactorio. Este tipo de creencias asumidas por la sociedad nos dificulta detectar nuestras necesidades y verdaderos intereses como individuos.

 

 

 

 

 

 

La    sobreprotección    que

ahoga    y    limita

 

 

    No basta con querer sin límites, hasta en el amor hay que aplicar la virtud del equilibrio. En etapas tempranas del desarrollo de los bebés, se observa su necesidad de explorar el medio teniendo como referencia una figura de apego relevante, algo que demostraron los psicólogos John Bowlby y Mary Ainsworth.

 

 

    Los estudios con monos que realizó Harry Harlow  pone en evidencia que el afecto y el cariño en un bebé hacia su madre es fundamental para desarrollar un apego seguro que le permita explorar el mundo con independencia. Sin embargo, este apego no debe confundirse con sobreprotección.

 

 

    Velar por la seguridad de un hijo no debe estar reñido con su absoluta libertad para explorar el ambiente. Esta forma temprana de interactuar con el mundo determinará su fortaleza y seguridad con los desafíos futuros que el medio le plantee

 

 

 

Las    aspiraciones    incompletas

proyectadas    en    los    hijos

 

 

    Que tener hijos sea la opción de vida más escogida entre la mayor parte de la humanidad y que pueda llevarse a cabo con naturalidad no implica que deje de ser una decisión para trasformarse en una obligación.

 

    La planificación familiar y la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral ha provocado que el número de hijos por pareja descienda y que algunas parejas se atrevan a defender públicamente la opción que ha elegido: la de no tener descendencia.

 

    Por tanto, al tratarse ya de una opción y no una obligación, como sucedía en el pasado, nos situamos en un escenario más complejo y que demanda mayor responsabilidad y honestidad: los hijos no deben ser una tabla de salvación para la pareja, no son una forma de validación emocional y no tienen por qué soportar el peso de nuestras frustraciones.

 

 

 

 

    Desear para tu hijo una infancia mejor que la que viviste, quizás llena de carencias emocionales o escasez económica, te honra como persona. Pero si deseas proyectar en tu hijo todo aquello que no pudiste o no te atreviste a hacer, posiblemente te estés equivocando.

 

    Poner a nuestros hijos metas relacionadas con lo que consiguieron o no, comparar y presionar la elección de un determinado camino es mermar su individualidad.

 

    Así, nuestro papel como personas que les quieren, es ayudarles a encontrar su camino e impulsarles a conseguir las mejores herramientas para avanzar en él.

 

    Seamos conscientes de que los hijos no nos pertenecen, su única dueña es la propia vida una vez dada.