" No pretendo ser buena

persona, sólo quiero

saber quién soy "

 

Sergi Torres

 

 

E l    E s p e j o

 

 

 

    Hay personas para quienes el espejo es un ojo que las juzga.

Se ponen ante él y se examinan, detectan cualquier «fallo» y se

proponen ponerle remedio (si pueden). Se miran como quien

ve algo externo; como la muñeca con la que

jugaban y procuraban embellecer.

    Estas personas no tienen ningún tipo de intimidad consigo

mismas; no se miran a sí mismas a los ojos y si lo

hacen es de un modo frío y casual.

 

 

    Soy un gran defensor de la empatía, pero habría que descartar

reclamar un comportamiento empático en las personas que son incapaces

de mostrar empatía incluso hacia sí mismas.

    Es muy curioso este distanciamiento de uno consigo mismo, esta

cosificación que hace uno de sí mismo, este centrarse tanto en las

apariencias que se olvida la pregunta fundamental: ¿a quién le interesa

quedar «bien»? ¿Quién hay ahí dentro que se ve tan oportuno defender?

    Si jamás has hablado con ese tú mismo, si nunca has sentido esa

confianza y comunión contigo mismo, entonces estás defendiendo a un

extraño. Es curioso, ¿verdad?, que queramos defender tanto a ese «extraño».

    Estamos tan ocultos dentro de nosotros mismos que no sabemos a

quién estamos defendiendo ni para qué. Seguramente porque estamos

tan identificados con el cuerpo que creemos que al dar este una «buena

imagen» la totalidad de lo que somos está protegida… desde el

momento en que somos el cuerpo mismo. Naturalmente, a partir de

esta postura, los estragos del tiempo nos lo arrebatan todo, para

desconsuelo de un cuerpo-mente que se siente impulsado a gastar

dinero para retrasar lo inevitable y a «distraerse» para no verse

abrumado por el pensamiento de la caducidad.

 

 

    Pero hay personas que tienen otro tipo de relación con el espejo.

Hay personas que se miran a sí mismas a los ojos con toda la

comodidad del mundo, que se sonríen y se dan mensajes, pero no

mensajes forzados de intentar creer algo en lo que no creen

realmente (en plan afirmaciones que no sienten), sino mensajes

naturales de complicidad. Hay personas que tienen un compartir

muy natural consigo mismas. Que empatizan consigo mismas. Al

verse en el espejo ven el ser humano que son. Se alegran de verse.

Sencillamente están ahí, presentes en sí mismas. En un segundo

término, cuando sea conveniente por supuesto examinarán su

cuerpo para obtener un resultado en aras de su imagen, pero

sentirán perfectamente que están participando de un juego, de un

protocolo social, que no determina en modo alguno lo que son.

 

 

 

 

¿En qué grupo

te reconoces?

    Si hay demasiada masa de humanidad ubicada en el primer

grupo es una triste noticia, muy poco esperanzadora de cara a

que podamos sentir una verdadera implicación con la vida y, por

tanto, resolver los problemas humanos e incluso diría yo

medioambientales que tenemos.

    Muy poco esperanzadora también de cara a avanzar juntos

en un contexto de felicidad en base a la empatía. (No hay

felicidad posible más allá de la empatía, empezando

por la de uno consigo mismo).

 

 

    Difundamos pues el mensaje de consolidar en primer lugar nuestra

relación primaria, la de nosotros con nosotros mismos, para lo cual

podemos usar el espejo como testador y maestro. Necesitamos

una masa crítica de personas que se alegren de verse a sí

mismas en cada nuevo día, que al verse al espejo vean en

primer lugar el reflejo de su alma, el brillo de sus ojos. Entonces

será posible que veamos, honremos y cuidemos la vida de todo

lo demás, de todos los demás, y que, en base a ello,

creemos un mundo donde amemos vivir.

 

 

Fuente: Francesc Prim

 

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