¿Cómo nos vinculamos en las relaciones?

 

 

 

 

¿Qué es el apego?

     El apego es el lazo afectivo que se forma cuando somos

niños con nuestra primera figura de cuidado

(generalmente nuestra madre).

    El vínculo de apego sirve para satisfacer las necesidades

afectivas durante la vida con el objetivo de lograr suficiente

sensación de protección y de seguridad emocional.

    La hipótesis de la teoría del apego es que la historia

personal entre padres e hijos, y sus cuidados durante la infancia,

ejercen una influencia en las relaciones afectivas que tendremos de adultos.

 

 

 

¿Cuál es mi estilo de apego?

 

Apego seguro

    Se forma cuando hemos tenido padres receptivos y

sensibles con respuestas en sintonía con

nuestras necesidades como niño.

    Esto construye una autoestima sana y nos proporciona

confianza en los demás. También nos aporta una

imagen positiva de nosotros mismos y de los otros.

De adulto se caracteriza por tener un buen equilibrio

entre autonomía e intimidad relacional.

Como adulto, vive las relaciones de manera más positiva,

confía más en el otro y tiene mayor capacidad para

resolver los conflictos dentro de la relación.

 

Apego ansioso ambivalente

    Se forma cuando hemos tenido unos padres imprevisibles

en el cuidado. Sus respuestas a nuestras necesidades

como niño no fueron de calidad ni cantidad suficientes.

    Esto hace que como niños amplifiquemos las demandas

de atención y pongamos más énfasis en nuestras emociones

para comprobar si somos importantes

para nuestras figuras de cuidado.

    Adulto preocupado: Como adulto se somete al otro para

que le quiera, llegando incluso a anularse para ser aceptado.

Tiene un profundo miedo al abandono y es muy

sensible a cualquier señal de desaprobación.

    Su autoestima es más frágil y recibir halagos es una forma

de sustituir carencias y necesidad de amor y contacto.

    Su proceso en terapia pasa por dar cabida

a una mente propia y adquirir autonomía.

 

Apego ansioso evitativo

    Se forma cuando hemos tenido padres que no han

estado disponibles, no han sido sensibles y han

ignorado nuestras necesidades como niño.

    Esto hace que desarrollemos una apariencia independiente,

nos de miedo la intimidad y anticipemos el rechazo o castigo.

    Adulto Negador: Como adulto se defiende inhibiéndose,

minimizando y negando sus necesidades y emociones

en un intento de control. A veces trata de mostrar una

imagen fuerte y perfecta de sí mismo para no verse vulnerable.

Le cuesta ser consciente de lo que siente. Se defiende con

un lenguaje racional y rechaza la intimidad a causa

de su miedo  a la dependencia emocional.

    El contacto con las emociones y con su cuerpo

sería un paso básico que le ayudaría.

    Su proceso en terapia consiste en hacer el

tránsito del aislamiento a la intimidad.

 

 

 

 

Apego desorganizado

    Este apego se forma tras una infancia

con traumas y pérdidas no resueltas.

    En este caso nuestros padres fueron un refugio

y a su vez fuente de abuso y maltrato.

    Si como niño he vivido estas circunstancias

manifestaré una conducta contradictoria.

    Adulto irresoluto: Como adulto deseará intimar con

otros y a la vez desconfiará de los demás.

Evitará involucrarse emocionalmente.

    El trabajo terapéutico para este estilo de apego

consiste en curar las heridas del trauma y la pérdida.

    Las relaciones de amor entre adultos son parecidas

al apego del niño hacia su cuidador principal en cuanto

a la búsqueda de seguridad, contacto y

grado de ansiedad ante la separación.​

    Claramente los vínculos de apego proveen seguridad

y pertenencia. Sin estos nos sentiríamos

aislados y angustiados.

    Un niño que sabe que su figura de apego es accesible

y sensible a sus demandas recibe un profundo

sentimiento de seguridad y le alimentará a valorar

y continuar la relación. Esto mismo sucede con los adultos.

La historia de relación en la infancia predice el estilo

de apego emocional que tenemos de adultos.

 

 

 

 

 

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