"De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda"

                                    Isabel López

                    Psicoterapia de Autor

Vergüenza:

cómo comprenderla

para poder resolverla

 

 

 

 

 

   Todos la conocemos porque todos la hemos sentido alguna vez.

 

  La vergüenza aparece de forma habitual y, aunque tiene funciones muy valiosas, también puede resultar muy limitante.

 

   Conocer y comprender cuándo y para qué aparece la vergüenza nos ayudará a experimentar todas las situaciones en las que le vemos las orejas como oportunidades de aprendizaje.

 

   Veremos a continuación cómo utilizarla a nuestro favor, sacando provecho a su función esencial.

 

  

   ¿Has dejado de hacer alguna vez algo por vergüenza?

 

   Seguro que sí, y es que la vergüenza impide que hagamos, que nos expongamos y que evitemos ciertas situaciones aprendidas: me da vergüenza hablar en público, mirarle a los ojos, sentarme a su lado, que me miren, bailar, etc.

 

    Todo un repertorio de conductas que evitamos, aunque nos gusten o nos apetezca hacerlas.

 

    Disponemos de un juez interno, desarrollado mediante nuestra experiencia, que pretende “protegernos”. Cuando hacemos siempre caso a esta forma de protección, nos vamos anulando poco a poco en nuestras decisiones y necesidades.

 

    Conocer la función de la vergüenza nos ofrece la posibilidad de poder afrontarla y decidir qué es lo que queremos hacer con ella.

 

 

F u n c i ó n   d e   l a   v e r g ü e n z a 

 

    Una de las formas de vergüenza nos sirve como señal para reconocer un error que hemos cometido, para que sintamos un arrepentimiento.

 

    Es la sensación de haber hecho algo de forma incorrecta para poder reconocerlo.

 

    Ejemplos donde se reclama tener vergüenza: tirar basura a la calle, actuar de forma corrupta, agredir a una persona, colarse delante de alguien, etc.

 

    Son situaciones donde se utiliza la expresión “¡qué poca vergüenza tiene!”.

 

    Bajo esta construcción social de lo que resulta adecuado y lo que no, aprendemos a sentir esta emoción.

 

    La función de la vergüenza regula nuestro comportamiento para evitar que emitamos ciertas conductas.

 

 

    Otra forma de vergüenza es una distorsión de la anterior. Es la que resulta más disfuncional, puesto que limita nuestra conducta, nuestra espontaneidad y libertad para hacer lo que nos gustaría.

 

    Son conductas asociadas a una mala experiencia o a una idea errónea de lo que es adecuado.

 

    Se activa la vergüenza en estas situaciones, gobernadas por un juez interior que nos indica que alguien se va a burlar de nosotros, que lo vamos hacer mal, que no es normal, etc.

 

    Para que haya un avergonzado es necesario un avergonzador que juzgue la situación.

 

 

N u e s t r o   a v e r g o n z a d o r   i n t e r n o 

 

    Existen muchos avergonzadores en nuestro mundo externo. Cuando éramos niños eran muy comunes las humillaciones, descalificaciones y las burlas.

 

    El problema está en que cuando nos hacemos adultos, se internaliza el rol de avergonzador, imaginando la reacción del entorno.

 

    Así, dependiendo de la exigencia y rigidez de nuestro espejismo mental, limitará más o menos nuestras conductas espontáneas.

 

    Lo cierto es que somos capaces de perder nuestra naturalidad por querer causar una buena impresión. Ante cualquier situación en la que nos expongamos y corramos el riesgo de que nos juzguen, generamos una tremenda tensión. Intentamos evitar la situación y, si nos enfrentamos, lo hacemos con el deseo de que termine lo antes posible.

 

   En este estado de tensión no es sencillo disfrutar ni aprender. Si somos capaces de considerar estas situaciones a las que nos exponemos como un modo de superar nuestros temores, podremos ir liberándonos poco a poco de la exigencia de la perfección.

 

    Nuestro avergonzador interno pierde fuerza cuando le quitamos importancia y cuando le demostramos que somos mucho más que los errores que podamos cometer.

 

 

 

A p r e n d i e n d o   d e   l a   v e r g ü e n z a 

 

    Como hemos visto, para que exista la vergüenza tiene que haber un avergonzador, ya sea interno o externo.

 

    Su función tiene muchos matices, puesto que nos está indicando algún aspecto disfuncional en nuestra actitud, que tenga que ver con nuestra perfección, falta de autoestima, miedo a cometer errores, etc.

 

    Revisar las funciones de nuestro avergonzador interno nos puede ayudar a comprender y reestructurar su función.

 

    En esencia, la función de este sentimiento es la de informarnos de nuestras equivocaciones, con el fin de capacitarnos y aprender, no con el de destruirnos.

 

    Para entender la vergüenza como una señal de una situación en la que podemos obtener un aprendizaje, es importante permitirse a uno mismo ensayar, explorar y equivocarse.

 

 

 

 

    Esta secuencia hay que vivirla con naturalidad y como algo que tendrá que ser siempre así, como condición de aprendizaje.

 

    Cuando cometemos errores y nos equivocamos, tendemos a inflarlos y a identificarnos con esos errores como si constituyeran todo nuestro yo.

 

    Es necesario para que podamos avanzar tomar distancia y seguir un esquema de pensamiento que es bueno automatizar: “me ha ocurrido eso, pero no soy eso”.

 

 

    Se trata de transformar nuestra vergüenza para que pase de examinador a colaborador, que nos pueda indicar los fallos, sin que caigamos en la exigencia de no poder cometerlos.

 

 

C u a n d o   l a   v e r g ü e n z a   t ó x i c a  

n o s   a t r a p a 

 

    Cuando la vergüenza se vuelve tóxica, puede arruinar nuestras vidas.

 

   Todo el mundo experimenta vergüenza alguna vez. Es una emoción con síntomas físicos como cualquier otra, que va y viene, pero cuando es grave, puede ser extremadamente dolorosa.

 

    Fuertes sentimientos de vergüenza estimulan el sistema nervioso simpático, provocando una reacción de lucha. Nos sentimos expuestos y queremos ocultarnos o reaccionar con rabia, mientras nos sentimos profundamente alienados por los demás.

 

    Esto puede hacer que no seamos capaces de pensar o hablar con claridad, generando así un sentimiento de malestar con nosotros mismos.

 

 

 

    Todos tenemos nuestros propios factores desencadenantes específicos o puntos sensibles que “desencadenan” nuestra psicología de la vergüenza.

 

    La intensidad de nuestra experiencia también varía, dependiendo de nuestra experiencia, de nuestras creencias culturales, de nuestra personalidad y del evento de activación.

 

    A diferencia de la vergüenza ordinaria, “la vergüenza interna” se instala en nosotros y altera nuestra propia imagen. Es una lástima que se convierta en “tóxica”, término acuñado por Sylvan Tomkins a principios de 1960 en su examen académico de afectación humana.

 

    Para algunas personas, la vergüenza tóxica puede monopolizar la personalidad, mientras que para otros, se puede encontrar por debajo de su conciencia, pudiendo ser fácilmente activada.

 

 

 

 

 

 C a r a c t e r í s t i c a s    d e    l a  

v e r g ü e n z a    t ó x i c a 

 

    La vergüenza tóxica difiere de la vergüenza ordinaria, que pasa en un día o unas pocas horas, en los siguientes aspectos:

 

    Se puede ocultar en nuestro inconsciente, por lo que no somos conscientes de que tenemos vergüenza.

 

    Cuando experimentamos la vergüenza, dura mucho más tiempo.

 

    Los sentimientos y el dolor asociados son de mayor intensidad.

 

    No siempre se activa por un evento externo. Nuestros propios pensamientos pueden provocar sentimientos de vergüenza.

 

    Conduce a espirales de sentimientos negativos que provocan depresión y sentimientos de desesperanza.

 

    Causa “ansiedad de vergüenza” crónica, el temor de sufrir la vergüenza.

 

    Está acompañada de voces, imágenes o creencias originadas en la infancia y se asocia con una “historia de la vergüenza” negativa acerca de nosotros mismos.

 

    Crea profundos sentimientos de inadecuación.

 

 

 

C r e e n c i a s   b á s i c a s  

d e   l a   v e r g ü e n z a

 

    La creencia fundamental que subyace a la vergüenza es que “soy digno de ser amado, no digno de conexión.”

 

   Por lo general, la vergüenza internalizada se manifiesta como una de las siguientes creencias o una variación de la misma:

 

Soy estúpido.

Soy poco atractivo (especialmente a una pareja romántica).

Soy un fracaso.

Yo soy una mala persona.

Soy un fraude o un farsante.

Soy egoísta.

No soy lo suficientemente… (esta creencia se puede aplicar a numerosos ámbitos).

Me odio.

No me importa.

Estoy defectuoso o soy inadecuado.

Yo no debería haber nacido.

Soy digno de ser amado.

 

 

L a   c a u s a   d e   l a  

v e r g ü e n z a   t ó x i c a

 

    De todas las cosas en las que puedas creer, ninguna es tan importante como tú.

 

    En la mayoría de los casos, la vergüenza se internaliza o se convierten en tóxica, a raíz de las experiencias crónicas o intensas de vergüenza de la infancia.

 

    Los padres pueden transferir involuntariamente este sentimiento a sus hijos a través de sus conductas verbales y no verbales.

 

    Esta impronta de la vergüenza puede empezar desde la cuna, cuando los padres entienden que existen profesiones que son más dignas que otras, afirmando que las personas que las ocupan las realizan porque no valen para otras.

 

 

 

 

    Así, el pensamiento del niño o del adolescente entrará en conflicto si le gusta alguna de las profesiones que sus padres han identificado como de “tontos”.

 

    Un conflicto que puede poner en peligro el equilibrio mental de la persona que lo sufre.

 

    Este sufrimiento se manifiesta especialmente en la adolescencia y tiene que ser bien resuelto.

 

    El niño empieza a darse cuenta de que hay cosas que piensa que no son ciertas y que tiene que volver a construir los propios cimientos de su pensamiento, intentando quitar algunos sobre los que se apoyaba hasta ahora, y que ha heredado de las personas que tiene más cerca.

 

    No es una tarea fácil, ya que a menudo los adultos, intentando que los niños entiendan una manera de pensar, se expresan con afirmaciones absolutas.

 

    Al no añadir matices, los niños las interiorizan de esta manera y se comportan frente al mundo como tal.

 

    Así, estas afirmaciones que pueden haber sido tan falsamente ejemplificadas y repetidas, pueden perdurar durante toda la vida adulta asociadas a muchas situaciones elicitadoras de vergüenza.

 

 

La vergüenza nos aisla:

consecuencias de la vergüenza tóxica

 

 

    Si no se ha sanado, la vergüenza tóxica puede llevar a la agresión, depresión, trastornos de la alimentación, trastorno de estrés postraumático, y la adicción.

 

    Genera una baja autoestima, ansiedad, culpa irracional, el perfeccionismo y la codependencia, además de que limita nuestra capacidad de disfrutar de relaciones satisfactorias y el éxito profesional.

 

 

 

 

Fuente: www.lamenteesmaravillosa.com