AL   MAL  TIEMPO ...

 

 

    

 

Como nos ocurre a todos con mayor o menor frecuencia, acabo

de tener una pequeña racha de episodios vamos a

denominar un poco «difíciles».

    Estos episodios me tomaron la mente en forma de preocupación,

e incluso cuando decidí no seguir con esa actitud la inercia siguió

durante un buen rato más, hasta que parece que el

caballo accedió a ser domado.

    Realmente, es muy significativa la manera en que podemos

influirnos a nosotros mismos con nuestras actitudes.

    Recientemente leía en un periódico que muchas personas

víctimas de los desahucios presentaban desórdenes mentales

fruto de esta circunstancia. Lógico: de pronto, ¿dónde va a

vivir uno? Asimismo, el diagnóstico de enfermedades graves,

en nosotros mismos o en seres queridos, puede detonar elevados

niveles de ansiedad. Muchas otras circunstancias nos

disparan también la ansiedad.

    Pero podemos adoptar una posición frente a este tipo de hechos.

Como decía Viktor Frankl, el psiquiatra que sobrevivió a experiencias

y vejaciones indecibles en un campo de concentración nazi, lo

único que no podían quitarle era su actitud, la manera

en que decidía afrontar todo ello.

    Bien, pues ahí van algunas reflexiones en

relación con este tipo de cosas.

 

    

    En general, presentamos un gran malentendido en relación con la

vida. La actitud fundamental con que la afrontamos es la actitud del

superviviente. El superviviente no tiene visión de futuro (me refiero

a la visión cosmológica del futuro, a la conciencia de que la existencia

en este plano se interrumpe con la muerte); quiere sobrevivir ahora.

    Para el superviviente, siempre es ahora (o el futuro que alcanza

a concebir, como la vejez… pero no ya la muerte); el superviviente,

por definición, quiere sobrevivir, ahora y para siempre. Claro, ¿qué

ocurre?, que tarde o temprano la vida le hace propuestas que no

tienen nada que ver con la propuesta del superviviente mismo.

Entonces, el superviviente se desespera.

    Bien, de hecho y en primer lugar, el superviviente expresa una

gran sorpresa. Es como si nunca hubiese muerto nadie antes

en este mundo, o como si nunca antes hubiese

acontecido una desgracia.

    Inmediatamente después de la sorpresa, el superviviente busca

dónde agarrarse. Si tiene suerte, fuerza interior y la propuesta de

la vida no es suficientemente categórica, el superviviente puede

sortear la dificultad y retomar, en la medida de lo posible, la «normalidad».

Pero tarde o temprano, puede tardar más o puede tardar menos, la

propuesta de la vida sí será categórica, y entonces el

superviviente no tendrá nada lógico a lo que agarrarse.

 

  

  Sí, todos sabemos que tenemos que morir.

    Pero lo sabemos a un nivel teórico, casi filosófico, en vez

de visceral, existencial. En realidad vivimos en el modo superviviente,

y el superviviente quiere vivir ya, ahora, y garantizarse la supervivencia.

    En la conciencia del superviviente no existe la muerte.

Sabemos que tenemos que morir pero vivimos como si tuviéramos

que seguir vivos en este cuerpo para siempre. Nuestras

actitudes, nuestros planes de futuro, nuestros sueños y anhelos,

nuestras luchas, corresponden a quien aspira a

lograr algo que va a perdurar. No se nos ocurre lograr

el éxito para disfrutarlo un minuto, sino que de algún modo

sentimos como que ese logro va a ser eterno.

    ¿Que en realidad sabemos que no es eterno?; bien, de

acuerdo, pero para compensar esto está el logro de tener

hijos. Los hijos dan una vaga sensación de eternidad, de

continuidad, pero en realidad nuestro tiempo es nuestro

tiempo, y nadie va a poder sustituirlo.

    El modo superviviente lo manifestamos incluso cuando

soñamos. El superviviente quiere sobrevivir ya, ahora, a cada

momento, y en el sueño el presente es total, porque

acabamos de aparecer en ese escenario y

desapareceremos de él al despertar.

    En realidad, en el sueño no tenemos nada por lo que luchar;

no tenemos pasado en ese sueño, y nuestro futuro

en él va a ser muy efímero.

    Nada de esto nos importa: estamos implicados en el sueño

al cien por cien, y todo lo que ocurra en él lo consideramos

de nuestra máxima incumbencia. Es solo cuando nos

despertamos cuando nos damos cuenta de que tal vez

fuimos un poco tontos por agobiarnos tanto…

 

 

     Creo que mitificamos en exceso la vida y las

circunstancias de la vida. Las consideramos

demasiado totales, demasiado eternas, cuando no lo son.

En realidad, casi diría que todo lo que acontece, todos los

acontecimientos «físicos», pueden verse como una inmensa

broma que no hay que tomarse demasiado en serio.

    Si nuestras vidas y todas las formas de vida que tienen

lugar en el plano físico fuesen eternas, tendría sentido

empeñarse en lograr el bienestar perdurable. Pero no; son

propuestas efímeras. Son casi como excusas. O como

ejercicios. Nos dan unos ejercicios por hacer, y después

morimos; fin de la clase. Fue suficiente; no

hace falta que estemos más.

    Si lo físico es una inmensa broma, o un enorme equívoco,

¿qué es lo realmente importante? Yo diría: lo que

desencadena en nosotros. Las actitudes que lo

que acontece en lo físico nos hace tener.

    Podemos morir en cualquier momento, ¿cierto? Entonces,

la gran pregunta es: si muero dentro de un minuto, de un

segundo, y de pronto abro los ojos en otro plano, ¿cómo

voy a estar?, ¿cómo me voy a sentir?,

¿cómo voy a percibir la realidad?.

    Llevamos a cabo simulacros de la muerte continuamente.

Es decir, con mucha regularidad perdemos la conciencia y

la llevamos a otro plano. Ocurre al soñar por la noche,

ocurre con una simple siesta o con el adormecimiento de

un momento, o con un desmayo, o con la alteración

del estado de conciencia fruto de la hiperventilación u otras

causas. El caso es: ¿cómo nos sentimos ahí?

¿Reproducimos la mentalidad del superviviente,

con sus angustias asociadas?

    Lo interesante es que en esos estados de conciencia apenas

podemos elegir nuestras reacciones. Nos hallamos en mundos

donde lo subjetivo cobra una importancia capital.

    Hay muchas almas que siguen viviendo en el otro plano

como en este, creyendo que tienen que seguir trabajando

y ganándose la vida, etc. Y todos nosotros, cuando

una vez desencarnados vemos a otros seres desencarnados,

parece que les ponemos cara en función de

lo que tenemos interiorizado.

    En los sueños, una persona con la que estamos hablando

de pronto puede haberse convertido en otra, y se transgreden

muchas leyes físicas más, sin que nos importe.

 

 

 

    Cuando podemos ser críticos y adoptar una posición es en

esta realidad física que compartimos, en la que nos podemos

poner de acuerdo en todas las cosas que

comúnmente podemos percibir.

    Esta solidez, esta continuidad, es seguramente la que nos

permite desarrollar el pensamiento racional y forjar nuestras

distintas actitudes ante la vida. Aquí tenemos mucho más la

opción de elegir, mientras que en otros planos, en que

parece que el pensamiento lógico apenas está presente,

el comportamiento es mucho más reactivo, en base a las

maneras en que se aprendió a reaccionar.

    Pues bien, ¿cómo queremos reaccionar

frente a la realidad física?

    ¿Con agobio, como si solo existiera esta, o sabiendo

que nuestra experiencia de la misma es muy temporal,

mientras que lo que anclemos como nuestras actitudes

es lo que va a perdurar, es la nueva inercia que vamos a instalar?

    Si mi realidad física es agobiante, puedo detenerme de

pronto y preguntarme: si perdiese la conciencia ahora

mismo y de pronto abriese los ojos en otro plano, ¿cómo

estaría? ¿Relajado, como que todo está bien, o arrastraría

ahí la preocupación que ahora experimento?

    Tal vez me dé cuenta de que en ese otro plano no podría

sentirme tranquilo a causa de la inercia de preocupación que

he instalado en mí. Y acaso no me guste esta perspectiva...

Entonces, quito importancia a lo físico que acontece, porque

al fin y al cabo nada de lo que hay aquí va a perdurar, y paso

a dar toda la importancia a mi estado interno. Me relajo,

sabiendo que la realidad física parece más dura de lo que

realmente es a causa de mi preocupación y mi agobio, y

proponiéndome abordar lo que tenga que abordar sin

añadirle mis cargas. Y sabiendo que en última instancia lo

peor que me puede pasar es lo que ya me pasa todas las

noches: que me vaya a otro plano. No parece tan terrible. De

hecho, ¡seguramente va a ser el inicio de una aventura excitante!

 

 

 

 

    Este tipo de posicionamientos pueden transformarnos de

supervivientes en vivientes; en seres que, conscientes de que

siempre vamos a estar experimentando en algún plano, intentamos

estar al máximo libres de cargas para que nuestras experiencias

en cualquiera de los planos sean lo más plenas y felices posible.

    Existe el cuento de un hombre que está siempre riéndose,

todo el rato, a carcajada limpia. Cuando le preguntan cómo es

posible que tenga esta actitud, su respuesta es que ante todas

las circunstancias que se le presentan elige ser feliz. Así de sencillo.

 

 

 

 Este mundo no es eterno. No tenemos que construir nada

perdurable aquí. Pero sí que nos da la opción de elegir y

practicar nuestras actitudes. Si practicamos el desapego,

cuando nos pille otro estado de conciencia en que ya no

predomine la lógica, tendremos la inercia de un enfoque

mucho más despreocupado. Seremos mucho más libres para Vivir.

    Naturalmente, lo expresado en este artículo no invalida

la asunción de otras actitudes vitales que consideremos

valiosas y pertinentes. La sabiduría interna que podamos

consolidar no es en base a un solo concepto, sino que

será el fruto de la amalgama de todas aquellas actitudes

positivas que hayamos sabido concebir e incorporar.

 

 

Fuente: Francesc Prims

 

 

volver