SOBRE 

LA  IRA

 

 

 

 

 

    Todos nos enfadamos.  Lo importante es cómo se logra gestionar.

    Algunos lo hacemos de forma recurrente, otros

ocasionalmente y los menos se enfadan de forma permanente.

    Ya no voy a entrar en el tema de cómo afecta el estar

enfadado a la salud al elevar en extremos los niveles de

cortisol, ni cómo el hígado, que es el órgano que

recibe y filtra este sentimiento, se resiente.

    Voy a hablar de cómo afecta este sentimiento a los demás.

    ¿Te lo has preguntado?

    Partiendo de la base que posiblemente el estar de mal

humor puede ser consecuencia de las hormonas, presión

atmosférica o falta de descanso antes que de una situación

en concreto, vale la pena parar unos minutos y reflexionar

a qué se debe antes de volcar todo nuestro

estrés, enfado o ira en otros.

 

 

 

    Es curioso el ser humano, desde que nace siempre buscará

la manera de culpar al exterior de algo que no ha hecho

bien, es la primera regla de la psicología. 

    Lo más curioso es que, a medida que la consciencia se

expande, el mismo humano puede llegar a la conclusión de

todo lo contrario; él mismo es el responsable de todo lo que le

acontece y, aceptando esa realidad, mejora las situaciones

e incluso las personas que le rodean.

    Si vuelcas tu ira, tu enfado, tu falta de respeto en alguien a

quien quieres, piensa que harás daño de una u otra forma.

Piensa también que tanto si estás equivocado como si tienes

razón, al utilizar cualquiera de las tres fórmulas pierdes

esa razón. La pierdes definitivamente.

    La dignidad humana se basa en asumir cómo es cada uno

en lugar de querer que sean a tu imagen y semejanza y

culparles por no serlo.  No sirve como justificante decir yo soy

así. Curiosamente nunca dices cómo es el otro…

 

 

 

 

    Piensa que aunque pidas perdón, ese daño está hecho. Da

igual si es familia -que lo perdonará todo- si es pareja

o, en especial, si es amigo. 

    Piensa que el proceso de perdón tiene tres partes

y que cada una debe ser sincera. 

    En primer lugar debes admitir que te has equivocado,

tomar tu responsabilidad en el proceso. 

    En segundo debes pedir perdón,

un perdón sincero y sentido. 

    En tercer lugar debes tener la absoluta certeza y voluntad

de que jamás volverás a hacer la situación

por la que estás pidiendo disculpas.

    Nadie tiene la culpa de tu mal humor, de tu enfado o

de tu inseguridad si no es tú mismo y un perdón no borrará esa cicatriz.

 

 

    Así que la próxima vez que decidas enfadarte, alterarte,

rallarte o cualquier otra variación del sentimiento, piensa en

cuán profundo quieres que esa cicatriz cale en el

corazón de a quién se lo envías.

    ¿Ese egoísmo vale la pena?

    Si aún así decides seguir adelante, dejarte llevar por el

primer impulso de esa ira y decir palabras que no han

pasado por el filtro de la reflexión, sólo puedo desearte buena

suerte.  El karma siempre vuelve y vas a necesitarla.

    Te dejo una historia que ya he publicado en alguna

ocasión, pero que viene muy al caso.

 

 

 

Diana Llapart

    Esta es la historia de un muchachito  que tenía muy mal

carácter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que

cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar

un clavo detrás de la puerta.

    El primer día, el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta.

Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar

su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta.

    Descubrió que era más fácil controlar su

carácter durante todo el día.

    Después de informar a su padre, éste le sugirió que

retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter.

Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su

padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta.

    Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta.

Le dijo: “Has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos

hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez

que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices

exactamente como las que aquí ves”.

    Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero el

modo cómo se lo digas lo devastará y la cicatriz perdurará

para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como la ofensa

física. Los amigos son joyas preciosas. Nos hacen reír y nos

animan a seguir adelante. Nos escuchan con atención y

siempre están dispuestos a abrirnos su corazón. Tenlo siempre presente.

 

 

 

 

 

Fuente: www.elrincondepensar.wordpress.com

 

 

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