"De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda"

                                    Isabel López

                    Psicoterapia de Autor

¿ Qué   vas   a   ser

de   mayor ?

 

 

 

 

 

 

    Los padres del siglo XXI en muchos aspectos nos vemos sometidos a la conocida ley del péndulo, según la que tratamos de compensar en la educación que ofrecemos aquello que nos hizo pasar malos ratos en nuestra infancia y adolescencia. Algo que a muchos nos tocó sufrir, en mayor o menor medida, fue esa insistente preocupación por nuestro futuro profesional.

 

    La promesa universitaria en aquellos momentos supuso para muchas familias una esperanza de ascenso social y un seguro del porvenir económico. Muchos, indecisos por el peso de esa gran decisión, acabaron adoptando proyectos hechos a la medida de los sueños y anhelos de sus progenitores. Otros, recibieron herencias gremiales sistémicas, con su carga de deuda con la familia. Sin duda, el mayor drama fue para aquel que, aún teniendo un sueño propio, tuvo que renunciar a él por tratar de ser validado familiarmente.

 

    Historias del pasado que dejan un poso más o menos consciente de un resentimiento no elaborado.

 

    El péndulo nos lleva en estos momentos a sentir que no es bueno presionar a los niños, y atosigarles con la típica pregunta de “qué vas a ser de mayor”.

 

    Pensamos que es mejor que disfruten plenamente de su ahora, y que ya llegará el tiempo en el que se abran camino en la vida, fluyendo con ella y decidiendo entonces lo que en verdad quieran llegar a ser.

 

 

 

 

 

Huérfanos  de  sentido

 

    Se asiste, sin embargo, a un fenómeno social hasta ahora desconocido.

 

    Se van acumulando generaciones de jóvenes que en los últimos años acaban su ciclo formativo sin haber encontrado más vocación que la de disfrutar del presente. Jóvenes huérfanos de un proyecto vital que organice y de sentido a sus vidas.

 

    Cualquier trabajo sirve si da el dinero suficiente para disfrutar de la vida. Cualquier trabajo sirve entonces a la mayor de las pobrezas: la espiritual, avocados a destinar tiempo de vida a actividades sin alma. Precisamente, lo que tratábamos de evitar.

 

 

 

    ¿Qué tipo de empuje necesitan

 

los niños y jóvenes, entonces?

 

 

    Es posible que haciendo lo mejor que sabíamos, quizás hayamos errado tanto como nuestros padres…, pero de nada sirve estancarse en la culpa.

 

    ¿Aún es posible hacer algo? ¿Cuál sería la postura más consciente a la hora de acompañar a las siguientes generaciones hacia el encuentro de su Propósito y Vocación?

 

    Comenzamos indagando en cómo hemos tratado las ilusiones de los más pequeños.

 

    Con su fantasía, los más pequeños se imaginan de forma espontánea de mayores, y les encanta jugar a adoptar roles.

 

    Policías, bomberos, superhéroes… Algunas fantasías imposibles, y otras a las que seguramente no concedamos demasiada credibilidad.

 

    Sin embargo, el hecho de que seguramente estas fantasías cambien de forma con el tiempo, no les quita valor.

 

    Podemos pensar que bastante hacemos con no empujarles a que deseen alcanzar posiciones de prestigio social o a “ser ricos” sin más, pero posiblemente no acojamos con gran ilusión el que quieran manejar un tractor o un camión.

 

 

 

 

Hacer felices a los demás

nos hace felices

 

    Sin embargo, los niños necesitan sentir nuestro entusiasmo y aprobación incondicional de cualquiera de sus sueños y proyectos.

 

    En realidad, lo mejor que podemos hacer es animarles a que se imaginen ofreciendo su servicio a la sociedad, sintiéndose pertenecientes de pleno derecho.

 

    Podemos jugar con ellos a soñar, animándoles a que se imaginen, en su fantasía infantil: ¿A quién benefician?, ¿pueden comenzar a sentir el gozo de sentirse útiles en su juego?

 

    En realidad, lo de menos es la profesión escogida. Si fantasean con ser príncipes o princesas, la pregunta es: ¿Cómo tratan a los demás seres humanos? ¿Son felices haciéndoles más felices?

 

    Desde un enfoque transpersonal, la educación nos lleva a revisarnos profundamente tarde o temprano.

 

    ¿Qué relación tenemos con nuestro trabajo? ¿Sienten nuestros hijos que nos hace felices trabajar? ¿Cómo nos escuchan hablar de nuestros clientes?

 

    Revisamos entonces nuestra vocación de servicio.

 

    Puede que entonces decidamos asumir riesgos y ofrecer un verdadero ejemplo con un salto profesional. Recuperando nuestros sueños o encontrándolos y haciéndonos responsables de ellos, señalamos a los niños la importancia de valorar sus propios sueños.

 

    El “si yo tuviera tu edad”… casi nunca llega realmente al corazón.

 

 

 

 

Consciencia   y   heartfulness

 

    Si nuestro camino no nos lleva a dar ese salto (al menos de momento)… ¿Podemos asumir el ser más conscientes del servicio que realizamos, y hacer nuestro ese proyecto que a menudo hemos sentido ajeno? 

 

    Consciencia y heartfulness son los dos grandes antídotos a la queja laboral en la que tantos viven instalados, desperdiciando tanto tiempo árido en desear estar en otro lugar.

 

    Hemos eliminado en gran medida el tradicional mandato del “esfuerzo” en el trabajo –y en la vida–, pero por otro lado no transmitimos entusiasmo en nuestra propia labor.

 

    No es de extrañar que el resultado final sea la actual apatía juvenil hacia el mundo de la formación y del trabajo.

 

    Nos damos cuenta de que el nuevo mensaje a transmitir es que no nos da igual que no tengan su propio proyecto.

 

    Seamos conscientes de que les estamos pidiendo un nivel de responsabilidad aún mayor del que posiblemente tuvimos, y que puede ser molesto soportar la indecisión.

 

    Sin embargo, si transmitimos con entusiasmo que el que tiene un proyecto vital en su corazón, en verdad tiene un tesoro, el legado que estaremos dejando no tendrá precio.

 

    Sin un proyecto vital que le interconecte con la sociedad, el individuo se apaga y se autoconsume en un hedonismo desorientado y egocéntrico.

 

    Es un gran error considerar que este proyecto vital tan solo genera falsas expectativas, y nos coloca en una anticipación que nos separa del ahora.

 

 

 

 

    Cuando nos permitimos soñar con un buen futuro, y nos llenamos de fe y confianza en él, estamos enfocando nuestra atención. En una mente dispersa y desorientada, nos asaltan de forma automática temores y preocupaciones en una espiral que nos desconecta y nos llena de una ansiedad paralizadora.

 

    Sin duda, es mejor elegir un enfoque de atención en el futuro a que nuestra amígdala lo elija por nosotros.

 

    Una vez fijada la meta, podemos disfrutar aún más de cada paso del camino.

 

    Cada paso que nos acerca a cumplir nuestro proyecto vital es tanto o más valioso que verlo realizado.

 

    En el camino surgirán obstáculos, frustraciones…, y posiblemente forma parte del aprendizaje el soltar las anticipaciones y aprender a fluir con lo que se va dando.

 

    En cualquier caso, el camino se habrá llenado de significado y desarrollo personal, este es el gran regalo y tesoro.

 

    De nuevo, volvemos a preguntar con interés: “¿Qué vas a ser de mayor?”.

 

    Y quizás, por primera vez, lo hacemos sin creer tener respuestas correctas.

 

 

 

 

 

Fuente: blog.escuelatranspersonal.com