"De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda"

                                    Isabel López

                    Psicoterapia de Autor

 

 

 

Las   rabietas   de   los   niños   no   son   lo   

 

que   parecen:  

 

cómo    gestionarlas

 

( 3ª parte )

 

 

 

 

 

    No pasamos suficiente tiempo con ellos. Me refiero al tiempo que ellos necesitan no al que nosotros estamos dispuestos a darles. Les falta presencia, mirada y aceptación. Aunque sea poco el tiempo que pasemos con ellos si es con presencia y conexión ellos lo notan y lo agradecen. Sus deseos son importantes para ellos al igual que los nuestros lo son para nosotros.

 

    Muchas veces podemos pensar que nuestro hijo es distinto, que nosotros si le estamos dedicando tiempo y le queremos y aceptamos y sin embargo sigue comportándose del mismo modo.

 

     Cada día de mi vida miro a nuestros 3 hijos y según se sienten y se comportan sé si estoy o no suficientemente presente y conectada con ellos y si se sienten lo suficientemente respetados, libres, mirados y tenidos en cuenta para poder ser ellos mismos y tomar algunas decisiones.

 

    Yo no puedo juzgar si les estoy dando lo que necesitan o no. Sólo lo puedo saber y constatar observándoles.

 

    Cuando están inquietos, necesitan molestar a otros, se quejan con frecuencia… Es como la lucecita roja del depósito vaciándose que me está diciendo que les falta mirada, presencia o atención.

 

    En esos momentos es cuando más nos necesitan y más conscientes tendríamos que estar de su malestar y desconexión. Ya he dicho en muchas otras ocasiones que cuando nos sentimos bien nos comportamos bien. Cuando nos sentimos mal nos comportamos mal. Esto es así para los niños y para los adultos.

 

 

 

 

    Es muy difícil para un niño poder gestionar su malestar y su falta de conexión con papá y mamá. Se siente solo, confuso y perdido.

 

    Simplemente lo expresa y nosotros lo nombramos como rabietas, pataletas o berrinches. Como si eso formará parte del diseño humano o fuese una etapa evolutiva de su desarrollo.

 

    Esas expresiones son el efecto secundario del malestar o desconexión que sienten por dentro. Son el síntoma, no el problema en sí.

 

    Un niño feliz, contento, satisfecho, amado incondicionalmente, (sin condiciones, simplemente por ser quien es) respetado, tenido en cuenta, valorado… no necesita explotar emocionalmente.

 

    Se enfada o se frustra, claro está, como a todos nos pasa de vez en cuando pero si estamos con él y le validamos y le acompañamos y damos nombre a eso que le pasa seguro podrá gestionarlo y entenderlo.

 

    Tenemos que sostenerles. No se trata de evitar todas las situaciones hostiles ni de permitirlo todo. Se trata de cómo lo gestionamos y de entender el origen de tal malestar y aceptar nuestra parte de responsabilidad.

 

    Hay quienes defienden que los bebes y niños lloran para dar expresión al estrés a modo de descarga por lo que están soportando como si eso fuese algo natural. Que un niño sienta estrés no es natural en absoluto. Que un niño necesite descargarse no es natural. Personalmente, discrepo con este argumento ya que el estrés es provocado por un aumento de adrenalina y cortisol en el cerebro por un gran miedo, malestar o experiencia traumática.  Pensar que un niño necesita llorar y patalear para sanarse no es del todo exacto. Un niño necesita amor, contacto, apego, presencia, permanencia, disponibilidad, mirada y escucha para sanarse. Si llora y patalea es porque sigue sintiéndose mal y desconectado emocionalmente de mamá y papá.

 

    Cuando ya explotó, es porque hubo la carencia emocional, malestar o necesidad no satisfecha y es entonces cuando necesita poder expresarlo y sacarlo pero no confundirlo con que esa es la forma natural de dar expresión al estrés. Esa es la forma natural y única que tiene un niño de pedir auxilio, amor, mirada, comprensión, aceptación, presencia, atención… Una vez hay estrés sí habrá que sacarlo y expresarlo. Nosotros estamos para ver, aceptar, cambiar o mejorar lo que siente en ese preciso momento e intentar prevenirlo en un futuro.

 

 

 

 

    Simplemente hacerle sentirse bien. Llora y patalea por qué se siente mal y desconectado, no lo olvidemos. Podemos hacer algo para provocar bien estar y paz interna y entonces tal expresión deja de ser necesaria. Incluso bebes que han nacido de partos muy traumáticos teniendo que ser separados de sus madres para ser intervenidos quirúrgicamente no han necesitado casi llorar si luego han podido estar cuerpo con cuerpo con su madre (método canguro). Lloran cuando viven la experiencia hostil, mientras la están sintiendo en sus entrañas, no cuando ya pasó.

 

    Somos los adultos quienes necesitamos llorar viejas heridas. Los niños viven el aquí y el ahora. Si aun así, tomando conciencia de lo dicho anteriormente, no podemos evitarles un berrinche, claro está, tendremos que acompañarles de la forma más amorosa, sostenedora y respetuosa posible. Con palabras o silencios, caricias, abrazos, disculpas… Si les gritamos, castigamos, exigimos que se callen les provocamos aún más frustración y por consiguiente más mal estar al no ser comprendidos y la rueda sigue y sigue. Nuestra mirada debería estar en evitar tales escenas y vivencias. No pensar que son formas naturales de liberación del estrés.

 

    Sí es posible el cambio de paradigma si estamos dispuestos y dispuestas a tomar conciencia de verdad sobre qué nos pasa a nosotros cuando nuestros hijos, o niños en general, expresan su mal estar o desconexión. Si giramos la mirada hacia los niños en momentos de malestar y necesidad de expresión emocional (ya no quiero llamarlo rabietas) veremos que todo se ve de otro modo. Preguntémonos de nuevo:

 

    ¿Qué me pasa cada vez que mi hijo pierde el control?

 

    ¿Qué me pasa en mi interior cuando están en juego mis necesidades y las suyas?

 

    ¿Pudieron mis padres satisfacer las mías?

 

    ¿Tuve en mi niñez toda la atención, mirada, respeto, aceptación, amor incondicional… que necesitaba?

 

 

 

 

 

 

Fuente: Ivonne Laborda