INDIVIDUACIÓN,

POLARIDAD MASCULINO-

FEMENINO, TANTRA,

LA NUTRICIÓN DE

LOS CUERPOS,

EL APEGO Y LA

IDENTIFICACIÓN

(PARTE I)

 

 

 

 

 

    El trabajo individual, desde la psicología transpersonal,

requiere la realización de un ego sano como requisito

fundamental para abrirse a la esfera trascendental.

    Para la mayoría de los seres humanos, esta transición del

ego enfermo al ego sano es crucial; hay tal desequilibrio,

tal confusión y enfermedad, que resulta casi imposible

imaginar un desarrollo humano que primero no

resuelva esta dolorosa estructura personal.

    Es cierto, a muchas personas “espirituales” la idea del “ego

sano” puede rechinarles, ¡la palabra “ego”!. Ahora bien, no hay

por qué asustarse, un ego sano ya no es un ego tal y como

lo entendemos. Un ego sano hace referencia al ego integrado,

al ego total, al ego que ha conciliado su aspecto sombrío y su

aspecto luminoso, su cuerpo y su psique, su biología y su

espiritualidad, un ego que ha abrazado sus polaridades e

integrado toda su dualidad. Este ego sano sería lo que Jung

denomina el principio de individuación. Esta individualidad

consumada abre las puertas de algo que emerge como nuevo

y lo trasciende. Esta individuación, por así decir, abre la

posibilidad de llevar al individuo más allá de sí mismo.

 

 

 

    Stephan A. Hoeller describe de una manera muy hermosa

el significado de esta gnosis psicológica junguiana:

    El semen del falo terrenal proyectado en el vientre de la

madre celestial fertiliza el huevo cósmico psicológico, del cual

está destinado a salir el nuevo cosmos de la conciencia. Así,

como resultado de los opuestos, de la danza y la lucha, se

produce la unión final del cielo y la tierra que engendran el

andrógino, el Cristo de los gnósticos, que es el paradigma

del ego transformado e individuado de cada individuo

y de toda la humanidad.

    A partir de las tribulaciones de los eones, y desde el abrasador

horno alquímico de la vida cósmica, los opuestos han dado

existencia a aquello que representa su unión, y que es

incluso mucho más de lo que cualquiera de ellos podría llegar a ser.

    Si nos fijamos, de una manera encubierta pero deliberada,

se usan los símbolos del Padre Terrenal (falo terrenal) y la

Madre Celestial, en contraposición al sentido universalmente

extendido del Padre Cielo y la Madre Tierra… Esto es muy

propio del gnosticismo… Es una forma de señalar que las

categorías de los opuestos no son condiciones absolutamente

rígidas ni estáticas de la naturaleza, una manera de no

permitir a la lógica racionalista instalarse en divisiones bien

definidas que pueden distorsionar la siempre variable y

misteriosa naturaleza de las polaridades perpetuamente inseparables.

    Lo Celestial no sólo es masculino, ni lo Terrenal es sólo femenino;

existe una inherencia mutua que hace que cada uno de los

aspectos contenga y refleje al otro; por esto mismo, es imposible

tratar de encapsular ambos principios en categorías perfectamente

diferenciadas (y por eso vemos a la mente lógica rondar como

un vagabundo en busca del sentido del mundo).

 

 

 

    En términos de individuación psicológica lo que esto viene a

decir es “ni el hombre es sólo hombre ni la mujer es sólo mujer”.

Retomando la simbología tradicional podríamos decir que el

principio psíquico masculino (logos) y el principio psíquico femenino

(eros) se entremezclan y confunden indistintamente

en la mujer y en el hombre.

    Generalmente, en la mujer, Eros actúa directamente sobre

su mentalidad femenina, y Logos actúa desde lo inconsciente;

en el hombre, Logos actúa directamente sobre su mentalidad

masculina y Eros desde lo inconsciente.

    Por esto mismo, el hombre proyecta sobre la mujer su Eros

inconsciente, y la mujer proyecta sobre el hombre su Logos

inconsciente, por eso, el hombre es atraído por la afectividad,

la intuición, el sentimiento, la fluidez, la receptividad y el cuidado

de la mujer, lo desea pero lo teme al mismo tiempo, precisamente

porque teme y desea su propio aspecto femenino,

su propio Eros inconsciente.

    Y lo mismo ocurre con la mujer, ella es atraída por el pensamiento

analítico, el razonamiento, el rigor, la estructura y la energía directa

del hombre. Lo desea y lo teme, y esto refleja la relación con

su propio aspecto masculino, con su Logos inconsciente.

    Todo esto refleja cristalinamente cómo la dinámica de la

Naturaleza siempre mantiene una íntima relación de

compensación entre lo consciente y lo inconsciente.

 

 

 

    En su obra iniciática “los Siete Sermones a los Muertos”,

Jung revela de forma enigmática y simbólica esta relación

inextricable entre los masculino y lo femenino.

En el Sexto Sermón se dice:

    La sexualidad del hombre es más terrenal, la sexualidad de la

mujer es más celestial. La espiritualidad del hombre es más celestial,

ya que se dirige a lo más grande. La espiritualidad de la mujer es

más terrenal, ya que se dirige hacia lo más pequeño.

    En cualquier caso, todo este juego de la polaridad, esta imbricada

dicotomía masculino-femenino, espíritu-materia, cielo-tierra,

lo que revela es que nada puede llegar a ser fuera de este

íntimo abrazo; esta tensión entre los polos impulsa la

dinámica creativa que promueve la existencia.

    Jung también resalta esta verdad básica: no hay energía

a menos que exista una tensión de los opuestos.

    En el ámbito de la psique humana, este conflicto – más allá de

ser problemático – es la fuerza creativa sin la cual el proceso del

crecimiento y la transformación individual no podrían efectuarse.

    Para Jung, esta relación de tensión entre las polaridades opuestas

del ser, además, genera el elemento de sentido, el sentido de

la vida y el sentido de ser; para él, la disminución de esta tensión

entre los polos es lo que genera esta angustiosa falta de sentido

de la civilización moderna, y esta ausencia de sentido es la

causa principal de todas las perturbaciones psicológicas que nos asolan.

    El conflicto es el juego creativo – y el plan secreto – del ser.

Realizar un ego sano significa abrazar interiormente toda polaridad,

realizar nuestra individualidad más allá de programas y máscaras,

y esta realización, per se, revela una nueva dimensión del ser,

más allá de la individualización misma… Cuando se realiza el

individuo se abre a la esfera de lo universal. Esa es la puerta.

A fin de cuentas, ¿qué es lo individual sino una

contracción de lo universal?

    El ego es como la bellota del roble llamado yo espiritual.

Si pretendemos llegar al yo espiritual sin trabajar el ego,

destruiremos esa bellota y, por lo tanto, la posibilidad

de emergencia de ese yo espiritual.

 

 

 

 

 

    Se dice en “El Sueño Kósmico”:

    No se puede llegar al Espíritu sin pasar por la Naturaleza.

Este es el secreto de la “Trascendencia de la Naturaleza”. Sólo

transcendemos la energía de la naturaleza cuando la hemos vivido totalmente.

    Cuando un ser humano permite fluir su naturaleza, su

potencial se desarrolla naturalmente. Esto es madurar. Madurar

es desarrollar un cuerpo, una vida, una mente y un ego con

toda su identificación y su conocimiento, desarrollarlo hasta

donde pueda o tenga que desarrollarse, y luego dejarlo

caer… En esa pérdida, uno florece.

    Toda trascendencia pasa por la realización de una individuación

integral, sana y armónica. Todos los cuerpos o niveles tienen

que integrarse y todo tiene que estar iluminado, puesto

a los pies de la consciencia, y en el altar del corazón.

Hay que realizar la individuación, y amarla… Entonces, es

cuando se abren las puertas del Ser, no antes…

    Muchos de nosotros, aun llevando largos años de recorrido

espiritual, comprobamos cómo el sufrimiento del sueño todavía

nos arrastra… La ansiedad, el deseo hambriento, el miedo al

porvenir… El cuerpo espiritual está abierto y se nutre de

nuestra atención, de nuestra devoción, de la comprensión

y la meditación. Sin embargo, aún existe un inconsciente lleno

de bloqueos y patrones tóxicos: un cuerpo emocional herido

e inmaduro, y una mente con programas arcaicos “grabados a

fuego”, por no hablar del cuerpo físico, que está completamente

desahuciado… Estos cuerpos aún tienen que resolver o

armonizar su propia energía en su propio nivel, tienen que

encontrar la línea de equilibrio y desarrollar su potencialidad

de una manera sana y acorde con su propia naturaleza.

    Ciertamente, en el camino espiritual, a medida que el ser

emerge, la propia energía de la persona también va mutando…

Cuando tienes la certeza, cuando sabes y sientes que todas

las vidas son una sola Vida, que todos los corazones son un

solo Corazón, que todas las mentes son una sola Mente,

de alguna manera te estás rindiendo, y esto mismo transforma

tu propia energía personal… Al entregarte al Ser la personalidad

cambia por sí sola…, de hecho, cuando uno se asienta en el

Ser, la cuestión de la personalidad no le preocupa… Sin embargo,

la energía sin resolver de los niveles inferiores todavía

causa perturbación, y esta perturbación, esta desarmonía,

es lo que impide una completa entrega…

 

 

 

    El camino es a través de la naturaleza, a través de esta persona,

por lo tanto, no intentes saltarla, ni mucho menos mutilarla o ponerte

en su contra… El bypass espiritual es una tentación penetrante y sigilosa…

    A estas alturas, parece bastante obvio que rechazar o reprimir

la naturaleza no es un camino adecuado. Aunque muchas corrientes

todavía siguen ancladas en esta concepción de las cosas,

también es cierto que también siguen ancladas en los

mismos errores, degeneraciones y hasta perversiones que esta

misma represión ha generado, que no es otra cosa que el

resultado de esta lucha inútil contra la vida.

    El problema de la represión es que no permite el flujo natural

de la energía, y no lo permite porque le tiene miedo. Efectivamente,

la mente temerosa de inmediato proyectará sus propios miedos

afirmando cosas así como que, si nos dejamos en manos de

nuestra energía profunda, y de nuestros imperativos naturales,

¡no se sabe lo que podría pasar! ¡ tal vez nos convirtamos en

monstruos! La mente temerosa afirma esto sin darse cuenta

de que los “monstruos” son creados precisamente cuando

evitamos nuestra propia naturaleza.

    El problema no son los instintos, ni los deseos naturales,

el problema es nuestro miedo y nuestra represión, que bloquea

el libre flujo de la energía en evolución. Incluso este problema no

lo es realmente, porque este problema del miedo y de la represión,

el problema del ego, también hay que vivirlo. Este problema

es absolutamente necesario para poder integrarlo y trascenderlo.

 

 

 

    La vieja noción del “pecado de la carne”,

esa voz milenaria que nos dice que para llegar

al espíritu hay que sacrificar la naturaleza, ya no es

necesaria… ya no es necesaria… la naturaleza tiene

que ser satisfecha, colmada y realizada, inteligente y amorosamente…

    El Deleite del Espíritu es realizarse en la Naturaleza, ponerse

este Vestido Divino y expresarse a través de él.

 

 

 

Fuente: El Árbol Kósmico, 

El viaje de lo transpersonal,

Antonio Consuegra Sebastián

 

 

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