"De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda"

                                    Isabel López

                    Psicoterapia de Autor

Cuando   terminas

imitando   a

los   que   te

hacen   daño

 

 

 

 

 

    Permanentemente estamos expuestos a salir lastimados en las relaciones con los demás. Un mal entendido, una situación inusual o una falta de tolerancia pueden dar lugar a que nos hagan daño y tengamos que enfrentarnos a un conflicto.

 

    Pero hay también experiencias en las que agresión y la violencia van más lejos y es cuando cabe la posibilidad de que terminemos imitando a los que nos hacen daño.

 

    La expresión “Identificación con el agresor” fue acuñada por Sandor Ferenczi y luego retomada por Anna Freud, los dos psicoanalistas y con puntos de vista algo diferentes.

 

    Se definió como un comportamiento paradójico, que solo se podía explicar como un mecanismo de defensa, que consistía en que la víctima de una agresión o un daño terminaba por identificarse con su agresor.

 

 

 

“La   violencia   es   el   miedo   a

los   ideales   de   los   demás”

 

-Mahatma Gandhi-

 

 

 

    Incluso, en un escenario de terror y aislamiento, la actitud de la víctima hacia su agresor puede llegar a convertirse en patológica, cuando aparecen vínculos de admiración, agradecimiento e identificación con él.

 

    Un ejemplo típico de identificación con el agresor es el comportamiento de algunos judíos en los llamados campos de concentración de los nazis. Allí, algunos internos se comportaban como sus vigilantes y abusaban de sus propios compañeros. Esta conducta no podía explicarse como una simple forma de congraciarse con sus agresores, aun siendo sus víctimas.

 

 

 

 

Cuando   admiras   o   amas   a  

quienes   te   hacen   daño

 

 

 

 

    Un ejemplo clásico de identificación con el agresor lo constituye el llamado “Síndrome de Estocolmo”. Este término se aplica cuando las víctimas establecen un vínculo afectivo con sus captores durante un secuestro.

 

    A este síndrome también se le ha denominado “vínculo terrorífico” o “vínculo traumático”. Se usa para describir sentimientos y comportamientos favorables por parte de las víctimas hacia su abusador, y actitudes negativas hacia todo lo que vaya en contra de la mentalidad e intenciones del mismo, a pesar del daño.

 

    Cuando alguien queda a merced de un agresor aparecen elevadas dosis de terror y angustia, que traen como consecuencia una regresión infantil.

 

    Dicha regresión se experimenta como una especie de sentimiento de gratitud hacia el agresor, en quien comienza a verse a alguien que atiende las necesidades básicas, de manera que la víctima de alguna manera vuelve a ser un niño.

 

    El abusador da de comer, permite ir al baño, etc. En retribución a esta “generosidad”, la víctima no puede sentir más que gratitud hacia su agresor, por darle la posibilidad de seguir con vida. Olvida que su agresor es precisamente el origen de su sufrimiento.

 

    El modo habitual de un agresor consiste en intimidar al otro, cuando este se halla en condiciones de indefensión. Es decir, el agresor abusa de su víctima cuando esta se encuentra vulnerable. En este punto, la víctima se encuentra aterrorizada y difícilmente se defenderá del daño. Este comportamiento obedece a que la víctima cree que si se somete tiene mayores posibilidades de sobrevivir.

 

 

 

El   vínculo   emocional

 

 

    El vínculo emocional de la víctima de intimidación y abuso con el maltratador, en realidad es una estrategia de supervivencia. Una vez que se comprende la relación entre víctima y abusador, es más sencillo entender por qué la víctima apoya, defiende o incluso ama a su maltratador.

 

    Lo cierto es que este tipo de situaciones no solamente ocurren cuando se presenta un secuestro. También encontramos este tipo de mecanismo en diversas situaciones desgraciadamente más habituales, como las mujeres víctimas de maltrato.

 

    Muchas de ellas rehúsan a presentar cargos e incluso algunas costean las fianzas de sus novios o sus maridos, pese a que estos abusan físicamente de ellas. Incluso llegan a enfrentarse con miembros de la policía, cuando intentan rescatarlas de una agresión violenta.

 

    Existen condiciones que constituyen un caldo de cultivo para propiciar la identificación con el agresor.

 

    Por ejemplo, cuando prima la violencia intrafamiliar o el acoso laboral. También se activa este mecanismo en situaciones esporádicas de violencia, como en el caso de un asalto o una violación. De cualquier forma, la vida se puede volver insostenible si no encontramos la manera de superar el hecho.

 

    Todo trauma originado por un acto violento deja una huella profunda en el corazón humano. Por eso hay ocasiones en las que la identificación con el agresor se activa, sin que se tenga un nexo estrecho con el agresor.

 

 

 

 

    Lo que sucede es que ese poder desplegado por el abusador se teme tanto que la persona termina imitándolo, para compensar el miedo que le produce una posible confrontación.

 

    Un ejemplo de esto se da cuando alguien es víctima de un asalto a mano armada y después compra un arma para defenderse. Su actitud legitima el uso de la violencia de la cual fue víctima.

 

 

 

De   víctima   a   agresor

 

    Una persona que ha sido víctima de abuso corre el riesgo de convertirse en un abusador. Esto sucede porque la víctima se esfuerza en entender lo que sucedió, pero no lo consigue. Es como si la personalidad se diluyera en la confusión y sobreviene un vacío. Vacío que poco a poco se llena con las características de su agresor, y entonces sobreviene la identificación con su victimario.

 

    En este punto, vale la pena aclarar, que todo este proceso se desarrolla de manera inconsciente. Es como si un actor se adentrara tanto en su personaje, hasta que termina convirtiéndose en el “personaje” mismo.

 

    La víctima piensa que si logra apropiarse de las características de su agresor podrá neutralizarlo. Se obsesiona con este objetivo, lo intenta repetidas veces y en esta dinámica acaba pareciéndose a su abusador.

 

 

 

 

    De esta forma se inicia una cadena que se transforma en un círculo vicioso de violencia. El jefe violenta al empleado, este a su esposa, ella a sus hijos, estos al perro y el animal termina mordiendo al jefe. O un pueblo violenta a otro y el afectado se siente entonces con el derecho de violentar también a su agresor. Cree que está respondiendo, pero en el fondo está imitando lo que, aparentemente, rechaza.

 

    Lamentablemente y en un porcentaje elevado, las personas que experimentan situaciones traumáticas y no logran superarlas o no buscan ayuda, son sujetos que potencialmente reproducirán el trauma en otros. Para algunos puede ser obvia esta consecuencia, para otros puede resultar contradictoria, pero esa es la realidad.

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: www.lamenteesmaravillosa.com