El   Deseo   y   el   Temor

son  

Estados   Egocentrados

 

 

 

 

    Interlocutor : Me gustaría entrar de nuevo en la cuestión del placer

y del dolor, del deseo y del temor. Comprendo el temor que es recuerdo

y anticipación del dolor. Es esencial para la preservación del organismo y

de su patrón de vida. Las necesidades, cuando se sienten, son dolorosas y

su anticipación está llena de temor; nosotros tememos verdadera y justamente

no ser capaces de satisfacer nuestras necesidades básicas. El alivio que se

experimenta cuando se satisface una necesidad, o cuando se aplaca una

ansiedad se debe enteramente al cese del dolor.

    Podemos dar a esto nombres positivos como placer, o gozo, o felicidad, pero,

esencialmente, es alivio del dolor. Es el temor del dolor el que mantiene unidas

nuestras instituciones sociales, económicas y políticas.

    Lo que me confunde es que nosotros derivamos placer de cosas y estados de

mente que no tienen nada que ver con la supervivencia. Al contrario, nuestros

placeres son usualmente destructivos. Dañan o destruyen el objeto, el instrumento

y también el sujeto del placer. De otro modo, el placer y la persecución del placer

no serían ningún problema. Esto me lleva al meollo de mi pregunta:

¿por qué el placer es destructivo?

¿Por qué, a pesar de su destrucción, es deseado?

    Puedo agregar que no tengo en la mente el modelo placer-dolor por el que

la naturaleza nos compele a seguir sus directrices. Pienso en los placeres

hechos por el hombre, a la vez sensoriales y sutiles, que van desde los más

groseros, como comer en exceso, a los más refinados. La adicción al placer,

a toda costa, es tan universal que debe haber algo significativo en su raíz.

    Por supuesto, no toda la actividad del hombre debe ser utilitaria,

diseñada para satisfacer una necesidad. El juego, por ejemplo, es natural y

el hombre es el animal más juguetón en la existencia. El juego llena la necesidad

del descubrimiento de sí mismo y del desarrollo de sí mismo. Pero incluso

en sus juegos el hombre deviene destructivo de la naturaleza, de los

demás y de sí mismo.

 

 

 

    Maharaj: En resumen, usted no pone objeciones al placer, sino solo a su

precio en dolor y aflicción.

    Int: Si la realidad misma es dicha, entonces el placer debe estar

vinculado a ella de algún modo.

    Mah: No prosigamos con la lógica verbal. La dicha de la realidad no

excluye el sufrimiento. Además, usted solo conoce el placer, no la

dicha del ser puro. Así pues, examinemos el placer en su propio nivel.

    Si usted se mira a usted mismo en sus momentos de placer o de

dolor, usted encontrará invariablemente que no es la cosa en sí misma la que

es agradable o penosa, sino la situación de la que es una parte.

    El placer está en la relación entre el gozador y lo gozado. Y la esencia

de ello es la aceptación. Cualquiera que pueda ser la situación, si es

aceptable, es placentera. Si no es aceptable, es dolorosa. Lo que la hace

aceptable no es importante: la causa puede ser física, o psicológica, o

irrastreable; la aceptación es el factor decisivo. Inversamente, el sufrimiento

se debe a la no aceptación.

    Int: El dolor no es aceptable.

    Mah: ¿Por qué no? ¿Ha intentado usted aceptarlo alguna vez? Inténtelo y

encontrará en el dolor una dicha que el placer no puede trasmitir, por la simple

razón de que la aceptación del dolor le hace a usted mucho más profundo

que la aceptación del placer. El sí mismo personal (o ego), por su

naturaleza misma, está persiguiendo constantemente el placer y evitando

constantemente el dolor. El final de este patrón de comportamiento

es el final del sí mismo personal. El final del sí mismo personal (o ego) con

sus deseos y temores le permite a usted retornar a su naturaleza real, la

fuente de toda felicidad y de toda paz.

 

 

 

 

    El perenne deseo de placer es el reflejo de la armonía atemporal interior.

   Es un hecho observable que uno deviene consciente de sí mismo

solo cuando está atrapado en el conflicto entre el placer y el dolor, el

cual requiere elección y decisión. Es este choque entre el deseo y el temor,

el cual causa cólera, lo que es el gran destructor de la cordura en la vida.

    Cuando se acepta el dolor por lo que es, una lección y una advertencia,

y se mira profundamente dentro y se le presta atención, la separación entre

dolor y placer se desmorona, y ambos devienen experiencia (penosa cuando

se resiste, gozosa cuando se acepta).

    Int: ¿Aconseja usted esquivar el placer y perseguir el dolor?

    Mah: No, ni perseguir el placer ni esquivar el dolor. Acepte ambos

como vengan, goce de ambos mientras duren, y déjelos partir cuando partan.

    Int: ¿Cómo es posible que yo pueda gozar del dolor? El dolor físico reclama acción.

    M Por supuesto. Y el dolor mental también. La dicha está

en la presenciación de él, no en retirarse, ni en apartarse de él.

    Toda felicidad viene de la presenciación. Cuanto más conscientes somos,

más profundo es el gozo. La aceptación del dolor, la no resistencia, el coraje

y la paciencia, todos éstos abren fuentes profundas y perennes de felicidad

real, de dicha verdadera.

 

 

    Int: ¿Por qué debe ser el dolor más efectivo que el placer?

    Mah: El placer se acepta rápidamente, mientras que todas las

facultades del sí mismo (ego) rechazan el dolor. Como la aceptación del dolor

es la negación del sí mismo (ego), y el sí mismo (ego) se interpone en la

vía de la verdadera felicidad, la aceptación sincera del dolor libera

las fuentes de la felicidad.

    Int: ¿Actúa de la misma manera la aceptación del sufrimiento?

  Mah: El hecho del dolor se lleva fácilmente dentro del foco de la

presenciación. Con el sufrimiento no es tan simple. Enfocar el sufrimiento

no es suficiente, pues la vida mental, como nosotros la conocemos,

es una corriente continua de sufrimiento. Para alcanzar las capas más

profundas del sufrimiento usted debe ir a sus raíces y poner al descubierto

su vasta red subterránea, donde el temor y el deseo se entretejen

estrechamente y las corrientes de las energías de la vida se oponen,

se obstruyen y se destruyen entre sí.

     ¿Cómo puedo deshacer un nudo que está enteramente por

debajo del nivel de mi consciencia?

    Mah: Siendo con usted mismo, el «yo soy»; observándose a usted mismo

en su vida diaria con interés alerta, con la intención de comprender

más bien que de juzgar, en la plena aceptación de cualquier cosa que

emerja, debido a que ella está ahí, usted anima a la profundidad a salir

a la superficie y enriquece su vida y su consciencia con sus energías cautivas.

    Éste es el gran trabajo de la presenciación; quita los obstáculos y libera

las energías comprendiendo la naturaleza de la vida y de la mente.

La inteligencia es la puerta a la liberación y la atención

alerta es la madre de la inteligencia.

    Int: Una pregunta más. ¿Por qué el placer acaba en dolor?

    Mah: Todo tiene un comienzo y un final y el placer también los tiene.

No anticipe y no lamente, y no habrá ningún dolor. Es el recuerdo

y la imaginación lo que causa sufrimiento. Por supuesto, el dolor después

del placer puede deberse al abuso del cuerpo o de la mente. El cuerpo

conoce su medida, pero la mente no. Sus apetitos son innumerables e ilimitados.

Observe su mente con gran diligencia, pues ahí se encuentra su esclavitud

y también la llave de la liberación.

    Int: Mi pregunta todavía no ha sido plenamente respondida: ¿Por qué son

destructivos los placeres del hombre? ¿Por qué encuentra tanto

placer en la destrucción? El interés de la vida se encuentra en la

protección, la perpetuación y la expansión de sí misma.

En esto es guiada por el dolor y el placer. ¿En qué punto se tornan destructivos?

    Mah: Cuando la mente domina, recuerda y anticipa, deviene

exagerada, distorsiona y ciega. El pasado es proyectado en el futuro

y el futuro traiciona las expectativas. Los órganos de sensación y

de acción son estimulados más allá de su capacidad e inevitablemente se vienen abajo.

    Los objetos de placer no pueden dar lo que se espera de ellos

y se gastan, o se destruyen por el abuso.

    De todo ello resulta un exceso de dolor donde se buscaba el placer.

 

 

 

 

    ¡Nosotros no solo nos destruimos a nosotros mismos, sino a otros también!

    Mah: Naturalmente, la egoismidad (egocentricidad) es siempre destructiva.

    El deseo y el temor, ambos son estados egocéntricos. Entre el deseo y el

temor surge la cólera, con la cólera surge el odio, con el odio surge la pasión

por la destrucción. La guerra es el odio en acción, organizado y equipado

con todos los instrumentos para la muerte.

    Int: ¿Hay algún modo de acabar con estos horrores?

    Mah: Cuando más gentes lleguen a conocer su naturaleza real,

su influencia, por sutil que sea, prevalecerá y la atmósfera

emocional del mundo se suavizará. Las gentes siguen a sus líderes

y, cuando entre los líderes aparezca alguno, grande de corazón y de

mente, y absolutamente libre de pretensiones egocentradas, su

impacto será suficiente para hacer imposibles las crueldades y

crímenes de la presente edad. 

 

 

 

 

    Entonces puede venir una nueva edad de oro y durar por un tiempo,

y sucumbir finalmente a su propia perfección. Pues la bajamar comienza

cuando la pleamar está en su punto más alto.

    Int: ¿No hay ninguna cosa tal como la perfección permanente?

    Mah: Sí, la hay, pero incluye todas las imperfecciones.

    Es la perfección de nuestra verdadera naturaleza la que hace

todas las cosas posibles, perceptibles, interesantes. No conoce ningún

sufrimiento, pues ni desea ni detesta, ni acepta ni rechaza. La

creación y la destrucción son los dos polos entre los que teje su modelo

siempre cambiante. Líbrese de las predilecciones y preferencias y la

mente, con su fardo de aflicción, ya no será más.

    Int: Pero yo no soy el único que sufre. Hay otros.

   Mah: Cuando usted va a ellos con sus deseos y temores, usted

meramente aumenta sus pesares.  Libérese primero del sufrimiento

usted mismo y solo entonces espere ayudar a otros.

    Usted ni siquiera necesita esperar, su existencia misma será la

mayor ayuda que un hombre puede dar a sus semejantes.

 

 

Fuente: extracto del libro Yo Soy Eso, Sri Nisargadatta Maharaj

 

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