"De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda"

                                    Isabel López

                    Psicoterapia de Autor

 

LA   VERDADERA INTELIGENCIA   ES   LA COMPASIÓN

 

( 2ª   parte )

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA   IDEA   DEL   BIEN   EN

LA   FILOSOFÍA   PLATÓNICA

 

 

    En el caso de la filosofía platónica, la idea del bien (agatho) y la noción de que el universo está sujeto a una ley eterna e inmutable son dos de sus elementos esenciales.

 

 

 

    Los griegos hicieron de este principio legal intrínseco al cosmos algo incluso superior a los dioses y lo llamaron Ananké, la necesidad. Es por Ananké que incluso los dioses están encadenados a sus actos, y es a través de Ananké y sus hijas, las Moiras, que las almas reciben su lote, su destino, aquello que han cosechado con sus actos en vida.

 

 

 

 

    El Buda hace girar la rueda del Dharma, las Moiras tejen el huso de la Necesidad. En La República, antes de relatar el mito de Er y explicar la teoría de la transmigración, Sócrates señala:

 

 

 

    Cabe suponer respecto al varón justo que, aunque viva en la pobreza o con enfermedades o con algún otro de los que son temidos por males, esto terminará para él en el bien, durante la vida o después de haber muerto. Pues no es descuidado por los dioses el que pone su celo en ser justo y practica la virtud, asemejándose a Dios en la medida que es posible para un hombre.

 

 

 

 

 

 

    En el Fedón, Sócrates sugiere que la inmortalidad es necesaria e indispensable para mantener la legitimidad del universo, su orden perfecto. "Ya que si la muerte fuera una escapatoria final, sería una recompensa para los que han hecho mal, puesto que al morir se liberarían de su cuerpo y de toda su maldad con sus almas. Pero debido a que el alma es inmortal no puede escapar”. Si existe la justicia, si el universo es esencialmente moral, entonces necesariamente somos inmortales (en este sentido existe una diferencia entre la visión platónica-cristiana y la budista; en la primera se habla de una inmortalidad individual, en la segunda la inmortalidad es impersonal y de hecho innata).

 

 

 

    Ahora veamos cómo la idea del bien está ligada también a la inteligencia. Platón concibe un universo sensible, como un reflejo o una sombra del mundo inteligible o mundo de las ideas, y en la cumbre de este mundo del intelecto está la Idea del Bien, de la cual derivan subsecuentes ideas como la belleza y la verdad.

 

 

 

 

    En La República habla del “bien que está más allá del ser” y la compara con el Sol. De la misma manera que el Sol es lo que nos permite ver, pero no es la visión en sí misma, la idea del bien es la que nos permite conocer —y podemos agregar que de la misma manera que el Sol nutre el cuerpo y la vida en la tierra, el Bien nutre el alma y la vida del intelecto.

 

 

 

 

    “El bien es aquello que hace verdaderos a los objetos del conocimiento y da el poder de conocer a quien conoce”. El Bien es el Sol de lo Inteligible. La bondad es la verdad y es la belleza —palabras que serán entendidas como sinónimos, incluso en su derivación etimológica (por ejemplo, la palabra “bonito”, que describe belleza y bondad). El poeta Keats cantó “beauty is truth; truth is beauty”, y podemos agregar, con seguridad, verdad es bondad; bondad, verdad y así sucesivamente.

 

 

 

 

 

 

 

    De la altiva concepción platónica del Bien se derivó buena parte del concepto cristiano de Dios, a quien siempre se referirá como el Bien. God is Good, una interpretación etimológica intuitiva sostiene que en inglés “dios” (God) y “bien” (good) tienen la misma raíz; esto ha sido discutido y no se acepta generalmente, pero de cualquier manera permite una “divina confusión” que ha alimentado la imaginación de numerosos poetas y místicos.

 

 

 

    Para vincular la noción del bien con la compasión y el amor, quizás sea oportuno citar a Diotima, la sacerdotisa de Eros, quien le dice a Sócrates en El Banquete que el amor es el deseo “de ser bueno para siempre”, es decir, de residir en el conocimiento de la Idea del Bien (aquello que hace que crezcan de regreso las alas del alma).

 

 

 

    En el taoísmo, lo que nosotros concebimos como el bien es entendido como la virtud, una conducta que sintoniza o armoniza con el orden insondable de la naturaleza, el Tao.

 

 

    “Aquél que actúa en armonía con el Tao, se hace uno con el Tao. Aquél que sigue el sendero de la Virtud se hace uno con la Virtud... Si el Tao perece, entonces la Virtud perece”.

 

 

    Son numerosas las referencias que hace el misterioso Tao Te King a la virtud, la cuales podríamos vincular con nuestro argumento de que la virtud, la bondad o la compasión son iguales a la sabiduría o a la inteligencia verdadera. En el caso del Tao, el énfasis está más en una quietud, en un dejar que las cosas sucedan naturalmente. Sin embargo, para que esto ocurra el individuo debe de perder importancia personal y dejar de intervenir desde sus deseos de ambición y beneficio personal.

 

 

    Así, tenemos una compaginación con el sendero universal, que es una forma de compasión que va más allá de lo humano y abraza silenciosamente a todos los seres y procesos de la naturaleza.

 

 

 

 

 

 

 

    Podríamos seguir haciendo este ejercicio con el islam, con el judaísmo, con el hinduismo, pero haría esto demasiado largo. Sin embargo, debido a la importancia que se le suele dar en nuestra sociedad a la ciencia —científico es hoy en día una palabra mágica que confiere verdad—, intentaremos formular desde una perspectiva también científica esta idea de que la compasión o la bondad producen inteligencia, y de que en realidad una persona inteligente, que entiende la naturaleza y las leyes del universo, es necesariamente una persona buena o compasiva.

 

 

 

 

    Esto tal vez sean malas noticias para quienes dividen sus aspiraciones profesionales y creativas de su conducta fuera de este ámbito, pero según Howard Gardner, neurocientífico de la Universidad de Harvard y una de las principales autoridades en el estudio de la inteligencia en la pedagogía, una persona realmente no puede alcanzar los niveles más altos de excelencia en una disciplina sin ética.

 

 

 

 

 

 

    "En realidad, las malas personas no puedan ser profesionales excelentes. No llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes... no alcanzas la excelencia si no vas más allá de satisfacer tu ego, tu ambición o tu avaricia . Si no te comprometes, por tanto, con objetivos que van más allá de tus necesidades para servir a las de todos. Y eso exige ética", dijo en una reciente entrevista.

 

 

 

 

    Desde una perspectiva fisiológica, lo anterior puede apreciarse en la congruencia que manifiesta el cuerpo —sujeto también al Dharma— al reaccionar a diversas emociones, produciendo hormonas que corresponden a la cualidad de dicha emoción.

 

 

 

 

    Sabemos, por ejemplo, que el miedo, el enojo, la ansiedad, inundan el sistema inmune de hormonas como la adrenalina y el cortisol, y que si se cronifican invariablemente llevan a la enfermedad y, en el corto plazo, generan malestar.

 

 

 

 

    En cambio, el amor, la alegría y la compasión generan cascadas de hormonas y neurotransmisores como la oxitocina, la serotonina, GABA, dopamina etc. (el Dr. Joel Roberts, en su libro Natural Prozac cita los actos altruistas como una forma de generar serotonina, la compasión es un antidepresivo natural).

 

 

 

 

    Llama la atención que estas hormonas y neurotransmisores —como la serotonina y la dopamina— no sólo nos hacen sentirnos bien, también facultan la cognición.

 

 

 

 

    Manly P. Hall intenta explicar esto desde una teoría de la vibración: “La emoción del amor se mueve con la naturaleza y genera un patrón soportado por la vida”. Novalis escribió que “todas las enfermedades son un problema musical; y toda cura es un solución musical”.

 

 

 

 

 

 

 

 

    Algo que ciertamente supo Pitágoras, quien, según cuenta Jámbico, utilizó ciertos ritmos y cierta métrica como parte de un tratamiento de cuerpo, mente y alma en su legendaria escuela de Crotona.

 

 

 

 

    Evidentemente es un tanto reduccionista decir que todos los actos positivos aquí señalados generan siempre las mismas sustancias con los mismos efectos —el organismo es más complejo que esto y los cócteles químicos del amor o de la compasión son mezclas policromáticas de múltiples ingredientes, excitativos e inhibitorios. Dicho eso me parece evidente —con una mezcla de sentido común y empirismo científico— que emociones designadas casi universalmente como positivas claramente están correlacionadas con el bienestar y la sanación, prueba de ello es que científicos han encontrado que el placebo funciona incluso cuando sabemos que es placebo.

 

 

 

    En el budismo se habla de tres aflicciones de la mente, las cuales se consideran literalmente venenos. Los tres venenos son la confusión o la ignorancia, la ambición, avaricia o apego sensual y  el odio o la ira (según distintas traducciones).

 

 

 

    Estas aflicciones de la mente envenenan el organismo como si tomáramos una droga que no sólo intoxica nuestro cuerpo, si no también nuestra mente, y nos hacen cometer actos que nos mantienen atrapados en el samsara

 

 

 

    En una reciente plática, el lama tibetano Chökyi Nyima Rinpoche dijo que la causa esencial del sufrimiento en este plano de existencia es la ignorancia que tenemos los seres humanos de cómo funciona la mente.

 

 

 

 

 

 

    Fundamentalmente, de que "las emociones negativas producen infelicidad y las emociones positivas producen felicidad". Siendo conscientes de esto, es evidente que somos responsables de nuestra salud, y la causa de nuestras enfermedades yace en nuestra conducta y en nuestra ignorancia. Lo cual significa también que tenemos en nosotros todo lo necesario para sanar y ser felices sin que dependamos del azar, la fortuna, la divinidad o alguna otra causa contingente o fuera de nuestro control.

 

 

 

    El cuerpo es un crisol alquímico, y las emociones y las intenciones son la materia prima de la transformación hacia la gran obra que es la existencia disuelta en sabiduría.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BODHICITTA,

LA   ALQUIMIA   DE   LA   COMPASIÓN

 

 

Su actitud iluminada,

un océano de inmensa bondad,

 que busca llevar a todos los seres

a un estado de felicidad,

y actúa siempre por el beneficio de los demás,

tal es mi regocijo y mi dicha

 

                                                            -Shantideva

 

 

 

El   nirvana   se   obtiene   al   darlo   todo

 

                                                        -Shantideva

 

 

 

 

 

 

    El punto esencial de este artículo es que la compasión (o el bien) es igual a la inteligencia en su acepción más amplia. De la misma manera, entonces, el mal es igual a la ignorancia (el budismo enseña que no existen personas malas, sólo existen personas que ignoran su verdadera naturaleza, la cual es la "budeidad" y, por lo tanto, detrás de la aparente ignorancia que manifestamos todos somos omniscientes).

 

 

 

    El método supremo que ha encontrado el budismo, específicamente el budismo mahayana, para descubrir la naturaleza búdica inherente, es el cultivo del bodhicitta. Bodhi tiene la misma raíz que la palabra Buda y generalmente se traduce como “despierto”, citta significa mente o conciencia.

 

 

 

    Bodhicitta entonces es la mente del despertar o la mente despierta. Ésta es la traducción más aceptada y la más cercana literalmente; sin embargo, esta palabra suele traducirse también simplemente como compasión.

 

 

    Aquí yace lo que me parece es el sublime legado de los bodhisattvas (de todas las religiones): haber entendido que la compasión es la energía del despertar, es la semilla que hace florecer la luminosidad pura de la conciencia y elimina los obstáculos y oscurecimientos.

 

 

 

    En el mahayana hay una clara correspondencia entre la sabiduría y la compasión, puesto que la filosofía budista (principalmente siguiendo el madhyamika o camino medio) asegura que todas las cosas se originan de manera interdependiente, lo cual significa que ninguna puede existir por sí sola, y por lo tanto no tienen existencia inherente. Esto incluye fundamentalmente a los individuos y a la noción del yo fijo y estable.

 

 

 

    Como la personalidad realmente no existe —existe solamente a través de sus relaciones— es la más crasa ignorancia actuar solamente para nuestro beneficio personal; y, en el sentido opuesto, actuar para el beneficio y liberación de todos los seres, es una demostración de sabiduría, es sabiduría en acción. Lo cual puede ser una definición funcional del amor y de la compasión: sabiduría puesta en práctica.

 

 

 

 

 

 

    El texto clásico sobre el bodhicitta es el Camino al Despertar (Bodhicharyavatara) de Shantideva. A grandes rasgos, aquí se expone que el bodhicitta es la receta a la sabiduría del Tathagata, aquél que conquistó la ilusión y el sufrimiento; y es el vehículo superior a la liberación, puesto que espera a que todos entren a la nave. En la introducción a la traducción inglesa del texto, se hace una interesante correlación entre el aspecto de compasión y el aspecto de sabiduría que componen la esencia del bodhicitta. En la tradición mahayana, la sabiduría es fundamentalmente la comprensión de la vacuidad, o la ausencia inherente de existencia (la ausencia de un ego sólido, la ausencia de un mundo físico independiente de la mente, etcétera). Esta comprensión de la vacuidad, como Shantideva revela, está ligada estrechamente a la compasión. "La verdadera comprensión de la vacuidad es imposible sin la práctica de la compasión perfecta, mientras que ninguna compasión puede ser perfecta sin la sabiduría de la vacuidad".

 

 

 

 

    Shantideva explica que es el bodhicitta lo que permite contrarrestar el mal que caracteriza al samsara, el plano en el que, debido a la ignorancia, se perpetúa el sufrimiento, la enfermedad, el nacimiento, la muerte… "Ponderando por múltiples eones, los grandes sabios notaron sus beneficios, por los cuales innumerables multitudes son llevadas con suavidad a la alegría suprema”.

 

 

 

    Podemos imaginar cómo durante siglos la observación de campo de la ciencia contemplativa budista fue apilando evidencia de que el cultivo del bodhicitta iba transformando a las personas para bien, como una medicina universal. El bodhicitta trabaja en el cuerpo como una sustancia alquímica, dice Shantideva:

 

 

 

Como la suprema sustancia de los alquimistas,

 

toma nuestra carne impura y hace de ella

 

el cuerpo del Buda, una joya suprema.

 

Así es el Bodhicitta, en él encuentra tu morada.

 

 

 

    La acción alquímica del bodhicitta puede entenderse también desde el budismo tántrico, donde se considera —en consistencia con lo que enseña el yoga— que el ser humano cuenta con tres canales principales.

 

 

    Un canal masculino, de esencia blanca, ligado a la compasión o el método (upaya) y otro canal femenino, de esencia roja, ligado a la sabiduría (prajna). Este también es el simbolismo de las imágenes de los budas y bodhisattvas con sus consortes unidos en yabyum. La alquimia ocurre cuando las dos esencias confluyen en el canal central, derritiendo las obstrucciones y secretando el elixir (amrita) que derrama su energía despierta sobre el cáliz del corazón. Tenemos aquí el matrimonio sagrado de la compasión y la sabiduría, el vajra (de cuya raíz crece el loto) y la campana (ghanta), análogos a la rosa y la cruz (símbolos del amor y la sabiduría para la escuela mística cristiana de los Rosacruces). Y así podemos añadir a la formula platónica de Keats: amor es sabiduría; sabiduría es amor. Este es el gran sello de la unidad del mundo. Lo que los maestros iluminados entendieron.

 

 

 

 

 

 

 

 

    Queda sólo preguntarnos y asombrarnos por la maravilla de habitar en un mundo que exhibe tal perfección, tal misteriosa armonía, tal justicia poética. Podemos comprender esto de diversas perspectivas.

 

 

    Desde una teísta, el hecho de que el mundo refleje en su esencia justicia e inteligencia, puede interpretarse como el reflejo de la divinidad —la ley, el patrón arquetípico de la voluntad divina que se inscribe en cada átomo—. Para la perspectiva budista, no hay diferencia entre el Dharma (la verdad, la realidad, los fenómenos) y la naturaleza. La naturaleza es la expresión directa e idéntica del Dharma, de la legalidad y de la perfección del universo. Asimismo, este orden es el que garantiza que todos los seres eventualmente se liberarán de la ilusión del samsara y reconocerán su naturaleza búdica (tathagatagarbha), lo cual es el resultado natural de seguir el sendero del Dharma.

 

 

 

    Pero también podemos explicar esto desde una forma que concilie la visión científica: la forma moral, o de acondicionamiento para la supervivencia de lo más apto, en la que la ley de la causalidad está embebida en el universo, parece ser lo que permite la evolución de formas cada vez más maravillosas y diversas y complejas, haciendo posible que el universo tome conciencia de sí mismo —haciendo eco de la forma en la que el astrónomo Carl Sagan entendió la evolución humana: “somos la forma en la que el cosmos se conoce a sí mismo”.

 

 

 

     Lo cual no desentona de la visión budista, gnóstica, cabalista, hinduista y demás: el universo es en su más pura esencia sabiduría (y la alegría es el sabor de saberse). Lo que logra hacer de la vida una experiencia pura de gnosis, es, según lo que nos ha enseñado la filosofía y la religión, proceder conforme a la ley y el ritmo de la naturaleza, lo cual a fin de cuentas es igual a ser buenos, a practicar la compasión con nosotros mismos y los demás.

 

 

 

    En la alquimia se dice que la vocación de todos los metales es el oro, es decir, el destino de todas las cosas es la perfección. Esta condición moral embebida en el tejido mismo de la naturaleza, es lo que asegura el cumplimiento de este destino. Actuar correctamente es en el nivel más básico de la naturaleza igual a seguir creciendo, y esta ley que retribuye la acción correcta de manera inmanente es el garante que establece las condiciones para la perpetuación de los seres vivos.

 

 

 

    "La naturaleza tiene una gran solución, el ser humano debe crecer o sufrir", dice Manly P. Hall. 

 

 

 

    La vocación de los metales es convertirse en oro, lo cual es lo mismo que decir que todo los seres sensibles serán budas.

 

 

 

    Una bella leyenda budista dice que cuando brota genuinamente la compasión en el corazón de un ser sensible —una gota de bodhicitta—, en ese preciso instante se desprende una semilla de una flor de loto y cae en el estanque de la Tierra Pura del buda Amitabah. De esa semilla invariablemente crecerá un Buda. Eso que siembras, eso cosechas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FUENTE: www.pijamasurf.com