"De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda"

                                    Isabel López

                    Psicoterapia de Autor

EL  DESDOBLAMIENTO

DEL  TIEMPO

 

    Jean-Pierre Garnier Malet, padre de la teoría del desdoblamiento del tiempo, explica sus fundamentos en el texto Cambia tu futuro por las aperturas temporales (se puede acceder fácilmente a él a través de Internet).

    Sus contenidos enlazan con las pruebas científicas del desdoblamiento del tiempo a escala tanto de partículas como del sistema solar.

    No en balde, la prestigiosa revista American Institute of Physics y su comité científico han validado las propuestas de Garnier, publicándola en el 2006, porque su teoría ha permitido prever, primero, y explicar, después, la llegada de planetoides al sistema solar (concretamente, al Cinturón de Kuiper).

 

 

¿Qué es exactamente lo que sostiene?

 

    Pues que tenemos dos tiempos diferentes al mismo tiempo: un segundo en un tiempo consciente, y miles de millones de segundos en otro tiempo imperceptible en el que podemos hacer cosas cuya experiencia pasamos luego al tiempo consciente. Sin percibirlo, obtenemos una síntesis instantánea de un análisis que hemos realizado en otro tiempo, aunque no poseamos memoria de ello. Es así como funciona el tiempo.

    En cada instante presente tengo un tiempo imperceptible en el cual fabrico un futuro potencial, lo memorizo y, en mi tiempo real, lo realizo.

    Los seres humanos vivimos con la sensación de percibir un tiempo continuo. Sin embargo, tal como demuestran los diagnósticos por imágenes, en nuestro cerebro se imprimen solamente imágenes intermitentes. Entre dos instantes perceptibles siempre hay un instante imperceptible.

    Como en el cine, que sólo vemos 24 imágenes por segundo. La número 25 no la vemos: es subliminal. En publicidad se ha utilizado ese tipo de imágenes para influir con éxito en nuestro comportamiento: lo que ha mostrado que lo subliminal es accesible a nuestra memoria.

    El fenómeno del desdoblamiento del tiempo nos da como resultado el ser humano que vive en el tiempo real y en el cuántico: un tiempo imperceptible con varios estados potenciales. A partir de ahí, memoriza el mejor en la esfera cuántica y se lo transmite al que vive en el tiempo real.

 

 

    Así, entre el yo consciente y el yo cuántico se da un intercambio de información que nos permite anticipar el presente a través de la memoria del futuro. En física se llama hiperincursión y está perfectamente demostrada.

   Por tanto, estamos desdoblados cual partículas. Y sabemos que, si tenemos dos partículas desdobladas, ambas tienen la misma información al unísono, pues los intercambios de energía de información utilizan velocidades superiores a la velocidad de la luz.

   Todo ello enlaza con el “Principio de los gemelos de Langevin”. En los años 20, Paul Langevin demostró que si un gemelo viajaba a la velocidad de la luz, envejecía menos que el que se quedaba quieto. A Langevin no le creyeron.

    Hubo que esperar 50 años: en 1970, gracias a los relojes atómicos, se comprobó la veracidad de su afirmación. Si puedo viajar a velocidades prodigiosas, un microsegundo se convierte en un día entero. Cuando regreso, no sé si me he ido, puesto que he estado ausente un microsegundo.

 

    

    Existe otra propiedad conocida en Física como “La dualidad de la materia”: una partícula es a la vez corpuscular (cuerpo) y ondulatoria (energía). Somos a la vez cuerpo y energía, capaces de ir a buscar informaciones a velocidades ondulatorias. Y esta información la asimilamos en el sueño paradoxal, cuando estamos más profundamente dormidos y tenemos nuestra máxima actividad cerebral. Ahí produce el intercambio entre el cuerpo energético y el corpuscular. Y es ese intercambio el que permite arreglar el futuro que he creado durante el día, lo que hace que al día siguiente la memoria esté transformada. El intercambio se realiza a través del agua del cuerpo.

    Ese intercambio de información permanente es el que crea el instinto de supervivencia y la intuición.

 

 

 Fuente: Emilio Carrillo