Entrevista inédita a Claudio Naranjo

(extracto)

SEGUNDA PARTE:

EL ALMA DEL MUNDO

 

 

 

 

La meditación, dicen, puede cambiar el mundo y, de hecho, la meditación

resulta un fenómeno universal... desde tu experiencia: ¿qué vías o

caminos resultan útiles a la humanidad?

    He sido muy sediento a la hora de meditar, he practicado por todas partes.

    Empecé con el maestro Suzuki, pero murió. Me conecté con Idris Sha,

un sufí. Hice el dicra. Estuve con los meulevis y me iniciaron. Pasé a

Muktananda, trabajando sobre el yo contactado de nuestro ser profundo

y reconocerlo como divino... y trabajando el sentido de que el maestro

es un Santo, donde nos proyectamos con lo divino en uno mismo:

el espejo divino. Hay tantas maneras... pero donde llegué más lejos fue con

los maestros tibetanos: el budismo del Karmapa. Fuí su cocinero y eso fue

una gran suerte. Conocí a otros lamas. El lama oculto, al que muy poca gente

del mundo exterior visita. La última vez, mi maestro me dijo:

yo ya igual que tú (risas).

 

 

El modelo de los chamanes, ¿nos es útil? ¿puede ayudar a nuestro mundo

occidental a aprender del respeto a la naturaleza o a la vida?

    Creo que el chamanismo es un fenómeno transcultural y que los occidentales

nos hemos dado cuenta y ha surgido todo un movimiento imitativo de ponernos

plumas y salir con el tambor de los brujos. Hay una industria de los chamanes.

Es poco transmisible, son dones personales. No es un ismo, es un camino que

se hace al andar, hacen un proceso, un viaje. El chamanismo contemporáneo

no se llama así. Un arquitecto que trabajaba con ciegos les hacía tocar

construcciones con cubos huecos donde visualizaban el espacio. Esto sería

un neochamanismo. Así expandía la conciencia. Cuando me reúno con él se me

agrandan espacio del alma, mente más transparente. Tiene un don. Y cuando le

preguntaron cuál era su animal de poder interior dijo: el animal humano.

 

 

El dolor, decía Willgis Jager, no tiene ninguna significación o explicación...

    Óscar Ichazo decía: si el diablo no existiera habría que inventarlo. El dolor

es nuestro entrenador, tenemos que enfrentarnos con él para perdernos o

encontrarnos. La vida es una batalla por trascender el dolor. Por encontrar

una manera distinta de sufrir. Creo que gran parte de la neurosis es un

intento de no sufrir, ya sea anestesiándose o reduciendo la conciencia para no sufrir.

Si uno está entero, duele. Pero no nos empobrecemos, y llega a haber la posibilidad

de una felicidad en el dolor. Como a ese sentimiento que sentimos con la música,

al que no podemos poner palabras. Es como un adagio, donde hay dolor... pero

también trascendencia del mismo.

 

 

¿Y qué tiene que ver lo divino con el dolor?

    Parece que el pasaje a lo divino es un pasaje a través de hacerse nada,

como una muerte. De esa manera, el ascetismo se ha usado con dolor, al

fustigarse, por ejemplo. Una vez le dice un alumno a Suzuki: ya no me duelen

las piernas. Y Suzuki le dice: qué lástima, es muy útil el dolor en las piernas.

La vida nos da una posibilidad de entrenarnos en el dolor, aunque con el

ascetismo se puede degenerar en el masoquismo. Fortalecerse es para

encontrar algo que está mas allá.

 

 

¿Por qué existe entre las religiones del libro la próclama de que Dios es

clemente y misericordioso?

    La misericordia está muy cerca de la realización de lo divino en nosotros.

Si lo divino es el corazón de lo humano, en el corazón de lo humano está

la sabiduría y el amor, dándose la mano. Una lleva a la otra. La sabiduría tiene

que ver con la nada, con no creerse algo, quitarse de en medio en la

corriente de la vida. Pero de eso viene el amor, una abundancia, una

generosidad, un ver al otro. Si uno no se pone en el centro de las cosas, el otro brilla más.

 

 

¿No hay un escapismo del dolor y en cierto sentido una fuga de la vida

en las diversas místicas?

    Uno de los sermones del buda dice: tú predicas la retirada del mundo,

pero eso no es irresponsabilidad o renuncia al servicio.

    Si no te retiras del mundo no te encuentras y, entonces, el servicio que das

no es un verdadero servicio. Hay que encontrarse a uno mismo para volver al mundo.

    Los budistas antiguos dicen que la gente no debe iluminarse en vida con

mucha frecuencia. En el zen, la luz está más cerca, mantienen más la

iluminación en lo cotidiano. Las imágenes de la búsqueda del todo, el que

ha llegado al sumun, es invisible. Los tibetanos son como señores feudales,

saben manejarse muy bien en el mundo real con su astucia, con su ego.

Se enmascaran... Cuando comencé con Óscar Ichazo me dijo: en nuestro

camino uno vive detrás de una máscara. En el budismo, uno vive retirado del mundo.

 

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