DECONSTRUYENDO  LA  ILUSIÓN  

DE  QUE  SOMOS  EGOS  

Y  EXISTIMOS  SEPARADOS

 

 

 

 

 

 

UN POCO DE PSICOLOGÍA BUDISTA PARA

DESHACER EL CASTILLO DE ARENA DEL EGO

 

 

    Una de las enseñanzas centrales del budismo es que el yo

individual que nos parece tan sólido y estable en realidad no existe

por su propia cuenta, sino que coemerge con nuestros pensamientos,

conceptos y relaciones. Como tal, no puede encontrarse en ningún

lugar en específico y sólo se mantiene en tanto que reificamos conceptos

 de ser tal o cual persona, con estas o aquellas características. 

    James Low hace una buena labor en deconstruir el ego. Su visión es

particularmente interesante, ya que es alumno del maestro tibetano 

Chhimed Rigdzin y traductor de textos de la tradición dzogchén, y a la

vez se ha desempeñado como psicoterapeuta. Low hace una

interesante precisión: la palabra individuo significa "indivisible", pero no

hay nada en nosotros que no sea divisible: nuestro cuerpo está formado

una piel y unos orgános que a su vez están formados por tejidos,

que están formados por moléculas que están formadas por átomos...

Pero los átomos, según la física moderna, no son realmente cosas,

son ondas de información que surgen y desaparecen.

    Ahora bien, si a esto respondemos que no somos ninguna parte

en específico sino la totalidad de nuestro cuerpo, entonces surge la

pregunta de hasta dónde llega nuestro cuerpo, ya que nuestra

piel es permeable y estamos constantemente siendo penetrados

por miles de millones de microorganismos, por la luz del Sol y

diferentes ondas del espectro electromagnético; asimismo, estamos

respirando y recibiendo del entorno numerosas influencias sutiles.

Así que nuestro cuerpo no es muy estable, ni tiene límites definidos

que puedan fijar nuestra identidad. Podemos decir entonces que,

en realidad, somos nuestra mente pero, ¿dónde está nuestra mente? 

 

 

 

 

    Según el maestro Tsoknyi Rinpoche:

    No hay un lugar del cual la esencia de la mente provenga o surja,

ni hay un lugar a donde vaya o en el que desaparezca, y no hay

un lugar donde ahora mismo se encuentre. Sin embargo, está presente

en todas partes, de una manera que todo lo penetra. Así su esencia es la vacuidad.

    James Low remarca que la mente es como el espacio, una conocida

metáfora del budismo tibetano. Como el espacio, es algo que no se

puede agarrar, no es una cosa; es aquello donde surgen los fenómenos,

es potencia ilimitada (somos espacio que sueña con ser sólido).

    Incluso el ego tampoco es una cosa, pero al aferrarnos a él,

al creer que es una cosa, surge una sensación aparente de solidez,

lo que para los tibetanos es un predominio del elemento tierra. Tenemos,

al reiteradamente aferrarnos a esta noción (a esta tensión) de ser un

yo individual, la ilusión de durabilidad, sustancialidad y predictibilidad.

Esto en cierta forma nos da seguridad, pero por otro lado nos limita y nos

vuelve rígidos. Al ser sólidos y tener una identidad definida, las cosas

se nos pueden pegar: cualquier suceso que nos ocurra nos marca,

cualquier etiqueta que nos coloquen se nos queda. Si fuéramos como

el espacio, nada se queda, de la misma manera que un ave no deja

huellas en el cielo. Al creernos sólidos, independientes, separados,

como objetos duros, como el elemento tierra, nos vamos

encerrando en nuestro propio mundo; concretizando la fantasía de

nuestra descripción del mundo, de nuestro diálogo interno, de existir

separados ante una plétora de objetos cambiantes que

determinan nuestro placer o dolor.

 

 

 

 

 

    En realidad, esta noción del ego de tener límites establecidos

y una capa que lo protege y lo separa del mundo es una ilusión.

    "La cultura nos muestra cómo abandonamos nuestra totalidad

para entrar en identificaciones muy pequeñas de nosotros mismos," dice Low.

    Constantemente nos identificamos con "estructuras transitorias",

desde un juguete a un equipo de fútbol, hasta ser un mal o buen padre,

ser una persona inteligente o estúpida, o cualquier otra cualidad que

nos repetimos que somos. Todas estas nociones que nos dan nuestra

identidad, sin embargo, no existen de manera independiente, son

siempre relativas, son proyecciones de nuestra propia mente.

    "La identidad es una forma coemergente, nuestro sentido del

yo es parte del mundo, no nos pertenecemos a nosotros mismos, la

idea de que somos autónomos, agentes autodirigidos es una ilusión", dice Low.

    El poder del ego viene de esto, de la ilusión de que hay alguien

que está a cargo, de que hay algo duradero que es independiente

del mundo (un mundo que es completamente impermanente).

    En realidad, tenemos múltiples personalidades, explica Low.

Por ejemplo, cuando hablas con tu jefe utilizas otro tono de voz, otra

estructura gramatical y te relacionas desde toda una estructura

de memoria distinta. Esto cambia completamente cuando hablas con tu

novio; tu voz se vuelve muy dulce, cambia el lenguaje con el que te

comunicas y todo el punto de encaje desde el cual operas. Esto 

muestra la gran la riqueza de nuestra creatividad, que nos

permite movernos en múltiples direcciones.

    Pero cuando nos creemos demasiado nuestras creaciones

-la principal de ellas nuestro ego- luego "tenemos que vivir con la

pesada responsabilidad de tener que administrar nuestra propia personalidad".

    Cuidar nuestro prestigio, la opinión que creemos que tienen ciertas

personas de nosotros ...  y también tenemos que administrar y

reforzar los conceptos que tenemos de nosotros mismos, y no sólo

los positivos, los negativos también necesitan mantenimiento. Llegamos

entonces a existir como sujetos y objetos, los dos a la vez de manera

fragmentada: el sujeto que tiene la experiencia y los objetos

conceptuales que hemos creado creyendo que somos de cierta forma,

lo cual evidentemente genera enorme preocupación y gasto de

energía, ya que tenemos que andar cuidando y dialogando con

todos estos objetos que sostenemos con nuestros pensamientos.

 

 

 

 

    Low señala que el comentario interno que sostenemos sobre nosotros

mismos es el paralelo de nuestra ansiedad de los comentarios que creemos

que los demás hacen de nosotros, y también de los comentarios que

hacemos de otras personas. Esto implica que permanentemente estamos

confundiendo el mapa con el territorio, ya que sostenemos diálogos virtuales

con personas que no estamos viendo y con situaciones que no estamos viviendo. 

    Nuestra identidad surge de estos diálogos internos y de la

retroalimentación que tenemos con el mundo y con las demás personas.

Constantemente se está recreando, de cada una de estas interacciones.

    Low sugiere que es por ello que nos aterra quedarnos solos en un

lugar sin hacer nada (de hecho así castigamos a las personas, encerrándolas

en una habitación sin tener contacto con los demás). Esto nos coloca en

una crisis de identidad. Puede ser una oportunidad de observar nuestra

mente y entender cómo nuestros pensamientos nos llevan constantemente

a identificarnos con diferentes objetos y conceptos, o colocarnos

simplemente en un estado de angustia al no poder retirarnos de

nuestro contenido mental proyectándonos sobre un objeto familiar. 

    Pero entonces, "¿Quién somos realmente? Según el Buda no somos

realmente nadie. La mente no es una cosa, no la puedes atrapar,

no la puedes definir, sin embargo, permite que surjan infinitas

posibilidades, las cuales sólo están limitadas por nuestras

propias definiciones", dice Low.

 

 

 

 

    La enseñanza del Buda sostiene que todo lo que es

creado se mueve hacia su propia destrucción. Pero si nuestra verdadera

naturaleza es infinita, esto significa que existe desde antes del comienzo.

Y si no tiene un comienzo tampoco tendrá un final. Sin un comienzo ni un final

no puede ser una entidad. Y esto no es sólo un concepto abstracto. Esto

significa que no somos entidades. No somos cosas. Esto significa

que no somos quien creemos que somos. 

    Esto es lo que a veces se confunde de las enseñanzas budistas.

El Buda no niega que existamos, niega sólo un yo definido, fijo y estable,

lo cual es una versión muy reducida y pobre de lo que realmente

somos. Esto que somos es tan extraordinario que no puede definirse

de ninguna manera, por eso el Buda incluso niega la teoría del Atman

hinduista, en la que se identifica el alma individual con Dios o con el alma

universal (Brahman). El budismo mahayana enseña que la naturaleza

esencial de todos los seres es Buda o la budeidad. Esto no es algo que

uno puede comprar o que uno puede perder, ya es en toda su luminosidad

y pureza. Sólo es algo que uno tiene que reconocer o desocultar.

Se suelen usar las metáforas de una semilla de sésamo (o ajonjolí) 

que ya contiene el aceite de sésamo, sólo se debe molerlo para extraerlo,

 o del Sol que siempre está brillando aunque se encuentre detrás de las nubes. 

 

 

 

 

    Esta naturaleza búdica, según el mayahana, es la vacuidad;

la sabiduría que caracteriza a un adepto logrado es ver todos los

fenómenos como vacuidad, esto es, que no tienen existencia inherente,

que todos son como el reflejo de la Luna en el agua, como sueños.

   Todas las cosas sólo existen en una cadena de relaciones,

ninguna puede erigirse por sí misma. Y el lugar donde aparece este

castillo de reflejos es la mente, todo ocurre en la mente, que es como el

espacio. Al asimilar esta noción se produce una gran libertad, ya que si

no somos algo podemos ser todo (sin que objetifiquemos al todo como

una cosa), y si no somos eso que creíamos que éramos se disuelven

también gran parte de los miedos y de las frustraciones que teníamos,

los cuales surgen al crear una identidad, a la cual comparamos con

los demás y la cual constantemente necesitamos satisfacer.

    El hombre occidental moderno le tiene miedo al vacío porque su

ego no le permite concebir que la existencia continúa sin la

necesidad de tener una identidad fija.

    Se puede ser y saber sin un yo (Fluir en el sin yo es el atinado

 título de un libro de Jacobo Grinberg). Esta es la gran enseñanza del

budismo y de otras religiones en las que, al perder la importancia

personal, al  hacer a un lado el constructo de la personalidad

(literalmente esto es lo que significa éxtasis: hacer a un lado),

surge la verdadera naturaleza: dicha ilimitada, presencia luminosa

y apertura espontánea. Vacuidad y sabiduría: las dos alas de

un mismo inconcebible pájaro arcoíris. 

 

 

 

 

Fuente:

Citas tomadas de la conferencia Vacuidad

y dzogchén de James Low

 

 

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