"De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda"

                                    Isabel López

                    Psicoterapia de Autor

Mercedes de Francisco, psicoanalista:

 

“EL   AMOR   ES  

UNA   ELECCIÓN ABSOLUTAMENTE INCONSCIENTE,

NO   ERES   DUEÑO  

EN   TU   ELECCIÓN”

 

(1ª parte)

 

 

 

 

 

 

 

 

    La música, el cine y la literatura han escrito páginas y páginas sobre el amor. El amor siempre tiene algo de enigmático. ¿Por qué elegimos amar a quien amamos? ¿Lo elegimos de manera consciente?

 

 

    La psicoanalista lacaniana Mercedes de Francisco parte de estas y muchas otras preguntas para presentarnos ‘Un nuevo amor’, un libro que el lector puede hacer suyo a medida que se adentra en sus páginas. Una lectura que no necesariamente tiene por qué ser lineal, cada capítulo tiene su autonomía y a la vez forma parte de un universo que nos interroga sobre el amor y también sobre nuestra forma de amar (…)

 

 

 

 

¿Cómo han ido cambiando a lo largo

de la historia las formas del amor?

 

 

    Como plantea Lacan, existe una envoltura formal del síntoma. El amor también tiene una envoltura formal que a lo largo de las épocas ha ido variando.

 

 

    En realidad hay algo transversal, hay algo que atraviesa el amor que no ha variado, se mantiene, y se trata de ese punto fundamental y más esencial que nosotros [los analistas] abordamos. De esas formas que han cambiado a lo largo de la época quedan restos, no es que desaparezcan, se van quedando unos sedimentos.

 

 

    Eso ocurre, por ejemplo en el amor cortés, este amor imposible como el de Romeo y Julieta. La mayoría de las películas de amor ya muestran esta cuestión de la imposibilidad.

 

 

    El otro día estaba dando una charla a jóvenes de 20 años, estudiantes de derecho, para hablar del amor y el capitalismo. Les comenté que fueran diciendo cada uno qué definición tenían en su cabeza de lo que podía ser el amor. Me hizo gracia porque fui anotando en la pizarra sus definiciones y empezaron a salir las que ya encuentras en ‘El Banquete’ de Platón: uno decía que el amor era una cuestión de interés, el otro que el amor era una cuestión de hacer de dos uno, etc. Yo les dije: no sé si lo sabéis pero entre todos hemos conseguido que surjan los temas que ya hace 2.500 años aparecían para hablar del amor. La influencia platónica es evidente.

 

 

    Pero contestando a tu pregunta, es verdad que lo que realmente ahora es un poco distinto es que el discurso capitalista no da la posibilidad de una nueva forma de amor, lo que hace es tocarlo en el sentido de su valor. El valor del amor ha quedado sesgado, reducido a términos contractuales.

 

 

    Se trata de hacer una serie de explicaciones neurogenetistas del amor. Se transforma en una mercancía, como casi todo, igual que ocurre con los cuerpos o los sujetos. Lo que todo eso provoca es una afectación del amor, una desvalorización, una degradación entre comillas. Por eso ahora habrás visto las numerosas publicaciones de sociólogos o filósofos que se ocupan de este tema. Hay una preocupación por esta afectación que para todos, o casi, es un problema.

 

 

 

 

 

    Hace unos días leyendo la prensa me encontré esta frase: “científicos alemanes desarrollaron una sustancia basada en la “hormona del amor” que aseguraría la fidelidad del sexo masculino”.

 

 

 

 

    ¿Los delirios sobre el amor también

existen en nuestra contemporaneidad?

 

 

    Está muy bien como planteas la pregunta porque una cosa es el delirio de amor -que también lo hay- y otra cosa es el delirio sobre el amor.

 

 

    Esta frase creo que es más bien un delirio pseudo-cientificista muy acorde con el capitalismo.

 

 

    En un capítulo del libro hablo, precisamente, de un tema que se le acerca mucho: la psicología evolutiva. En el diario El País publicaron hace dos o tres años una noticia sobre unos experimentos con topillos de campo. El experimento consistía en comparar dos grupos para averiguar cuáles eran más fieles y por qué. Es esa idea de “animalizar” al ser humano, al hombre, a la mujer. Tomar el modelo animal y aplicarlo. En eso hay, evidentemente, un error y claro está, un delirio. Suena muy chistoso pero es un discurso que va calando.

 

 

 

 

¿Por qué crees que este tipo de discurso,

aunque pueda sonar casi a broma,

cala tan profundamente?

 

 

    Cala sobre todo porque cada uno de nosotros nos tenemos que enfrentar a eso que, más allá de cada época, es transversal. Se trata de lo que Jacques Lacan plantea muy bien: hay algo de imposible en las relaciones entre hombres y mujeres que tiene que ver con su manera de gozar y con su sexualidad.

 

 

    Ante eso el amor es una suplencia, una construcción que tiene que ver con la cultura, con la palabra, con el lenguaje.

 

 

    El problema aparece cuando nos cuesta afrontar esa imposibilidad.

 

 

    Te enamoras de alguien y existe como un momento de ilusión en el que parece que eso imposible se ha hecho posible. Pero, al mismo tiempo, se empieza a captar la cuestión de esa imposibilidad, de que no hay ese acuerdo, ni esa complementariedad, ni ese hacer de dos uno, ni esa armonía. Frente a eso este discurso pseudo-cientificista viene fenomenal. En lugar de pensar o entender qué hacer, hacerse preguntas: ¿Por qué los hombres tienden a cierta manera en su sexualidad? o ¿Cómo se enfrentan ellos a lo femenino? Pues no, vamos a encontrar una hormona que los haga fieles.

 

 

 

 

¿Sería como pasar gran parte

de la responsabilidad de eso en lo que

el sujeto está implicado a una causa externa?

 

 

    Claro, por supuesto.

 

    En el caso de los hombres, pero también en el caso de las mujeres.

 

    Se quiere tratar siempre de que sean como no son. Lo que los hombres se juegan en la sexualidad y lo que se juegan las mujeres es distinto. Esa diferencia radical es la que hace imposible la complementariedad.

 

 

    A pesar de ello, las relaciones siguen siendo posibles por los lazos amorosos. Si no, andaría cada uno con su goce. Una tendencia que, por otro lado, ocurre cada vez más.

 

 

 

 

 

 

¿Cuándo dices goce qué quieres decir?

 

 

    Lacan tiene una definición de goce muy interesante. Uno goza de su propio cuerpo, son esos acontecimientos en el cuerpo. Estamos tan afectados por la palabra que ya no podemos ser como los animales.

 

 

    Como decía ya muy tempranamente Lacan es ese goce que experimentamos en el cuerpo y no es nada homeostático, tiene que ver con el exceso, con el gasto.

 

 

    Ese goce, primero, es singular para cada sujeto, es diferente en cada uno. Y después, claro, hay una marca distinta si uno está en una posición masculina o si está en una posición femenina.

 

 

    Este es un tema importante porque la presencia del cuerpo femenino en el mundo, esta diferencia y esta relación con el cuerpo, marca, introduce una alteridad que siempre ha estado presente y siempre ha habido mucha dificultad en cómo tratarla.

 

 

    Eso es muy palpable en la historia de las mujeres, por ejemplo. Ahora estoy releyendo ‘El segundo sexo’ de Simone de Beauvoir en el que se habla de cómo el derecho trató la cuestión de las mujeres.

 

 

    El hecho de lo femenino en el mundo implica una alteridad. Y no sólo para los hombres, también para las propias mujeres.

 

 

    Lo que pasa que no es lo mismo que una mujer con el cuerpo que tiene que portar se enfrente con esa alteridad a un hombre que a su vez está en relación con otro cuerpo.

 

 

    Lacan habla en su seminario ‘Encore’ [Aun] del goce de lo femenino en el sentido de algo que algunas mujeres sienten pero que no pueden terminar de decir. Eso es lo imposible de pasar a la palabra. El goce masculino tiene mucha mayor referencia al órgano, su goce es mucho más parcializado. Su forma de elección o de causa de deseo es mucho más fetichista.

 

 

    También por eso se plantea que en el caso de un hombre es mucho más fácil que sustituya a su partenaire. Para un hombre, el amor va por un lado pero el deseo y la sexualidad pueden ir por otro.  El hombre, en principio, no goza a través del amor como puede hacerlo una mujer. Eso no quiere decir que los hombres no amen, pueden amar y mucho. Sin embargo, para la mujer su goce sexual está muy enlazado al amor, a ser amada, a amar.

 

 

 

    Esta diferencia ya marca un problema, porque un hombre puede amar realmente a una mujer, mantener intocable el amor y, sin embargo, puede tener una relación con otras.

 

 

 

 

 

 

 

 

¿El amor y el deseo están divididos?

¿Se pueden dar simultáneamente?

 

 

    Se pueden dar simultáneamente y también se pueden desconectar. Con los pacientes, en la clínica se ve claramente cuando te hablan de sus situaciones de pareja.

 

 

    La sociología incluso para este tema ya se atreve a poner cifras y todo: a los cinco años la pareja ya empieza a entrar en “crisis”, dicen, por ejemplo.

 

 

    En el libro comento que una ministra alemana propuso de cara al matrimonio crear una especie de contrato de cinco años, porque transcurrido este tiempo se veía que la cosa empezaba a flaquear. La ministra proponía que ya que los sociólogos dicen que dura cinco años, pues hagamos contratos matrimoniales de cinco años y gastemos menos en divorcios. Bromas aparte, es verdad que hay algo del deseo en las relaciones amorosas que con el tiempo puede empezar a flaquear. Y tiene que ver con todas estas imposibilidades que se ponen en juego a pesar del amor.

 

 

    Aunque dos personas se amen mucho hay algo de la imposibilidad de coordinar la complementariedad en esos goces que va a afectar al deseo.

 

 

    Ahora bien, si un sujeto ha podido analizar ciertas cuestiones está, al menos, más advertido y puede llegar a tener cierta comprensión de la imposibilidad. Como decía Lacan: aunque no lo parezca “todos tenemos la experiencia de que la relación sexual es imposible”, lo que pasa es que luego se necesita comprenderlo. Todo el mundo, si hurga un poco en su historia, se da cuenta que eso está allí.

 

 

    Por otro lado lo que sí que existe es la presión social ante este tema, que no acepta esta imposibilidad estructural. Para ponerte un ejemplo, hay ahora un anuncio para los hombres que tienen eyaculación precoz. Lo anuncian dos cerillas. Una se prende antes que la otra y la otra se queda como apartada. En la siguiente imagen –se entiende que después del tratamiento- las dos se prenden a la vez. Está muy bien pensado por los publicistas. Esto evidencia que todo el tiempo, todos los mensajes publicitarios y los mensajes sociales nos hacen creer que esa imposibilidad no existe. Vas a la terapia sexológica, vas a hacer esto para resolver el tema de la erección, vas a lograr que esas diferencias en la manera de gozar, esa diferencia que introduce lo femenino, no esté. Pero esas diferencias existen, no es posible la complementariedad, insistir en este tipo de mensajes provoca una frustración permanente.

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: www.lacasadelaparaula.com