LA  PIRÁMIDE 

ALIMENTICIA

ES  UN

DESPROPÓSITO

DE  ARRIBA  ABAJO

 

 

 

    Ni para adelgazar hay que comer cinco veces al día,

ni hay que comer menos grasa, o menos kilocalorías...

Uno por uno, el dietista-nutricionista Aitor Sánchez va

desmontando en su libro «Mi dieta cojea» todos los mitos

de alimentación que escuchamos a diario. Cuestiones repetidas

hasta la saciedad en nuestro entorno, en nuestros círculos

más cercanos, donde «todos hemos leído y sabemos

algo al respecto». Pero cuidado. Según este tecnólogo

alimentario, también investigador, educador y formador,

«en nutrición, los conocimientos de los que disponemos son

bastante provisionales, aunque hay una teoría que nunca falla:

para comer sano, hay que ingerir frutas, verduras y hortalizas y

terminar con los alimentos superfluos». Y eso, asegura Sánchez,

requiere más tiempo, pero no encarece la cesta de la compra.

Su filosofía se resumiría en esta frase:

«más mercado y menos supermercado».

 

 

    —En su libro «Mi dieta cojea» usted afirma que la actual

pirámide alimenticia no está bien elaborada.

 

    —La pirámide alimenticia que edita la Sociedad Española de

Nutrición Comunitaria, en su versión 2004, es un despropósito

de arriba a abajo. Solo hay que ver su iconografía para darse

cuenta de esto. Dicha pirámide no sitúa en su base (la zona

de mayor importancia) aquellos alimentos que podrían

relacionarse con la prevención de enfermedades, que

serían en todo caso las frutas, verduras u hortalizas.

Por contra, lo que hace es recomendar cereales refinados

y derivados a diario. Así, aparecen dibujados dos paquetes

de cereales de desayuno, un paquete de harina, pan blanco,

pan de molde y pasta, entre otros. Lo voy a explicar con un

ejemplo muy claro: la harina, que es solo grano y no tiene

germen ni salvado, y por tanto está desprovisto de los

nutrientes más importantes, hizo su papel en la posguerra,

pero hoy por hoy, no se necesita conservar un alimento

durante un largo periodo de tiempo. ¿Qué necesidad hay

de insistir en un grupo que nutricionalmente no es muy i

nteresante y que además se consume

en exceso en la actualidad?

 

    —¿En qué ha mejorado la nueva versión

de la Pirámide de la SENC 2015?

 

    —La nueva versión incorporó alguna evidente mejora, como

es la integración de un estilo saludable o la fusión de los

lácteos dentro del grupo de alimentos proteicos, donde

ahora se invita a poder alternarlos, y las bebidas

alcohólicas ya no se encuentran en el apartado «a diario»,

pero siguen apareciendo junto a los dulces y los

derivados cárnicos ultraprocesados. Esta vez, las

versiones integrales están mucho más presentes

y hacen referencia a todas y cada una de las ilustraciones

de cereales. No obstante, sigue siendo el

escalón principal de la pirámide.

 

 

 

    —¿Cuáles son, según usted, los escalones de la

pirámide saludables e imprescindibles?

 

    —Haciendo un análisis dietético cualitativo, podríamos decir

que solo dos escalones son saludables e imprescindibles

en una dieta saludable: el segundo (con frutas y verduras)

y el cuarto (con las fuentes proteicas). Es necesario

aclarar también que una dieta puede ser perfectamente

saludable sin cereales y sin lácteos. No quiere decir

eso que sea conveniente su eliminación, sino simplemente

que no son alimentos imprescindibles. Sus nutrientes

pueden incorporarse con otros alimentos como frutas,

verduras, hortalizas y fuentes proteicas.

 

    —Viene usted a decir que la industria tiene

mucha culpa en todo esto. ¿De qué forma?

 

    —Nos venden un montón de alimentos baratos, pero

superfluos, y engordantes, y después nos venden alimentos

funcionales enriquecidos (con hierro, con calcio, con

vitaminas y minerales, con Omega-3) para que corrijamos

los efectos. No tiene sentido. ¿Paté con hierro? Es

mejor comer tres berberechos o una sardina. Del mismo

modo, un cacao en polvo puede anunciarse muy rico en

minerales y vitaminas, siendo una simple excusa para

ocultar la parte más importante de su composición:

un 75% de azúcar.

 

    —¿Qué alternativa propone usted a esta

pirámide, según usted, obsoleta?

 

    —Hay otras que priorizan mejor los alimentos que lo

merecen y más óptimos a la hora de mejorar la salud de

las personas como, por ejemplo: el Healthy Eating Plate

de Harvard (plato para comer saludable) donde por cierto

se puede observar que se hace referencia a dos únicas

ingestas principales: comida y cena. Esta elección tiene

su lógico razonamiento, y es que la merienda o la cena

suelen ser ingestas en las que no es necesario incorporar

muchos grupos alimentarios. Un café, un té, unos

frutos secos o una simple fruta son

elecciones saludables por sí mismas.

 

    —¿Cómo es ese plato que propone Harvard?

 

    —Las frutas, las verduras y las hortalizas ocupan sin

atisbo de duda la mitad del plato. Los cereales refinados

están limitados y aquellos que se incorporan son

necesariamente integrales. Cuando se refiere a la proteína,

es claro y conciso: evita los procesados. Los lácteos no

aparecen como un grupo propio, sino que están limitados

en dos de los nutrientes que contienen (agua y proteína).

¿Dónde se encuentran las bebidas alcohólicas?

¿Y los dulces? Ni están ni se les espera.

Esta guía es, por tanto, mucho más coherente con

el objetivo de fomentar aquellos alimentos sanos

o buenos, ya que los grupos que predisponen a

enfermedades, o bien no aparecen, o bien están

limitados. Por otro lado, aquellos con capacidad preventiva

tienen reservado un importante hueco. No hay tantas dudas.

 

 

 

    —Volviendo a los mitos que se desmontan en el libro,

uno de ellos hace referencia al desayuno, que usted

también asegura que no es necesariamente

la comida más importante del día.

 

    —Es que se hace hincapié en que la gente desayune sí o

sí, y al final acaba desayunando cosas que no son

saludables, como los cereales que se venden en los

desayunos infantiles en cualquier supermercado.

 

    —Mucha gente se queja de que no

es fácil que los niños desayunen.

 

    —Estoy de acuerdo, pero no deberíamos exponerles en

demasía a alimentos azucarados como esos. Si quieren

un desayuno dulce, les podríamos ofrecer un yogur

natural, sin azúcar, pero con plátano, frutos secos (nueces,

almendras, pasas desecadas) y canela. Y si no queremos

abandonar la rutina de tomar cereales en el desayuno, sería

interesante priorizar la avena, mezclada con leche y canela,

en forma del clásico «porridge» inglés. Y si al pequeño le

gusta más lo salado, una tostada de pan integral

y tomate. O huevos revueltos...

 

    —En las guarderías del norte de Europa está prohibido

que los padres metan alimentos con azúcar en las

tarteras del medio día. ¿Deberíamos copiar

algo de su política de alimentación?

 

    —Allí los alimentos que se sirven en los centros escolares

es mejor, y está mucho más controlada la publicidad infantil,

tienen en marcha numerosas campañas de promoción de

la salud y la actividad física... Hasta los planes familiares

son distintos. ¡Ni se les ocurriría llevar a los niños al cine

a hincharse de gominolas! En el aspecto político, trabajan

mucho más el aspecto preventivo que aquí, y apenas

tienen sobrepeso y obesidad. Claro que deberíamos copiarles.

 

    —¿Qué medida implantaría usted en las escuelas?

 

    —Mejoraría los menús escolares, y ofrecería clases de cocina.

 

    —¿Y en casa, cuál sería su recomendación más urgente?

 

    —Ponga un frutero en casa. Pero no con manzanas...

sino con una variedad de frutas apetecibles. ¿Que le da pereza?

Tenga tuppers en la nevera con la fruta ya lavada, pelada

y cortada. Tenga en la despensa frutos secos, anacardos,

almendras, nueces... Ponerlo fácil es un buen truco

para comer sano. Y por supuesto, deshágase de bollos,

dulces o salchichas procesadas. Para eso, mejor vaya a la carnicería.

 

    —Usted dice que en nutrición los conocimientos son

bastante provisionales. ¿Qué podemos hacer los consumidores?

 

    —Sí. Es verdad que todo cambia, y por ese mismo

motivo los consumidores tenemos que tener cuidado

con nuestro patrón de consumo. No tenemos más

remedio que capacitarnos, familiarizarnos con el etiquetado...

Es verdad que comer de una forma sana requiere más

tiempo, pero no tiene por qué encarecer la cesta de la compra.

 

 

 

 

 

 

Fuente: www.abc.es

 

 

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